
Bueno, en realidad a mí quien más me gustaba era Jaclyn Smith. Pero he de reconocer que Farrah, como rubia explosiva, como “sex symbol” de toda un época, no tenía rival, y así se lo parecía a la mayoría de mis compañeros. Esa temporada, 1978-79, fue el año del COU y de la Selectividad, de una ayudante de cocina rubia y guapa que teníamos en el colegio y de largas noches de insomnio para preparar bien los exámenes. Fue el año que ganó Suárez sus segundas elecciones, el de un compañero medio nazi que teníamos en clase y el de múltiples discusiones políticas por la recién estrenada democracia. Fue también el primer año que viví en Madrid y el curso de los madrugones, de levantarme cada lunes a las seis para coger el tren a Toledo en la que sería mi última etapa en un internado de la capital castellano-manchega. Fue el curso de mis diecisiete años.
Cada viernes, de nuevo el tren hacia Madrid a pasar el fin de semana, y allí, en la primera tele en color que tuvimos en casa, esas “tres muchachitas que fueron a la academia de policía” que tanto temblor causaban en las pupilas, “Los ángeles de Charlie”, una mezcla de fierecillas e ingenuidad que tan bien funcionaba y que lograba que mantuviéramos la atención de principio a fin; en esto de las series de televisión, hay que reconocer que Aaron Spelling era todo un maestro.
Uno de los ingredientes más sabrosos de la serie consistía en la “invisibilidad” de Charlie, un personaje del que sólo oíamos su voz dirigiéndose a sus “ángeles”, y la incertidumbre de si un día llegarían a conocerle, algo por lo que las tres detectives se mostraban especialmente ansiosas. Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que el tal Charlie o era un “voyeur” que se complacía siguiendo en la distancia a las tres chicas, o era un capullo de tomo y lomo que nunca se dignó a quedar con semejantes bellezas para tomar una copa y brindar por el éxito de sus misiones. Claro, que él se lo perdía.
Ahora he leído que Jill Monroe, el ángel más espectacular y cuya eterna melena rubia nunca se descomponía por más movimientos que hiciese, ha muerto a la edad de 62 años. Pero no se lo crean. Los ángeles no mueren nunca y menos cumplen años. Si no, asómense a ese cielo de mi adolescencia, a esa serie de finales de los setenta; verán cómo todavía Jill-Farrah continúa desempeñando misiones para Charlie.
Cada viernes, de nuevo el tren hacia Madrid a pasar el fin de semana, y allí, en la primera tele en color que tuvimos en casa, esas “tres muchachitas que fueron a la academia de policía” que tanto temblor causaban en las pupilas, “Los ángeles de Charlie”, una mezcla de fierecillas e ingenuidad que tan bien funcionaba y que lograba que mantuviéramos la atención de principio a fin; en esto de las series de televisión, hay que reconocer que Aaron Spelling era todo un maestro.
Uno de los ingredientes más sabrosos de la serie consistía en la “invisibilidad” de Charlie, un personaje del que sólo oíamos su voz dirigiéndose a sus “ángeles”, y la incertidumbre de si un día llegarían a conocerle, algo por lo que las tres detectives se mostraban especialmente ansiosas. Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que el tal Charlie o era un “voyeur” que se complacía siguiendo en la distancia a las tres chicas, o era un capullo de tomo y lomo que nunca se dignó a quedar con semejantes bellezas para tomar una copa y brindar por el éxito de sus misiones. Claro, que él se lo perdía.Ahora he leído que Jill Monroe, el ángel más espectacular y cuya eterna melena rubia nunca se descomponía por más movimientos que hiciese, ha muerto a la edad de 62 años. Pero no se lo crean. Los ángeles no mueren nunca y menos cumplen años. Si no, asómense a ese cielo de mi adolescencia, a esa serie de finales de los setenta; verán cómo todavía Jill-Farrah continúa desempeñando misiones para Charlie.

Se ha escrito de él que fue un loco y un visionario. Y en efecto. Hay que estar muy loco para dejarlo todo y dedicarse a la causa de los más desfavorecidos. Pero es un tipo de locura que podríamos llamar positiva. O divina. Porque Vicente Ferrer era un hombre de fe, un hombre que creía profundamente en la providencia de Dios y en la capacidad para el bien de los hombres; ahí queda su obra para ser continuada. En el polo contrario estaría el otro tipo de locura, la perversa o negativa cuya manifestación pudimos comprobar el viernes. Porque también hay que estar muy loco para dedicarse a hacer el mal, para ir sembrando el dolor y el llanto donde quiera que vayas; ¿se les habrá ocurrido a estos asesinos pensar por un instante que hay algo que se llama compasión y que produce infinitamente más placer que la sangre derramada?
Vicente Ferrer es un como un dios para las miles de personas que ayudó a lo largo de su vida, para esos ríos humanos que ahora se acercan para darle su último adiós; muchas de estas personas tienen incluso en sus hogares una foto suya junto a las de sus dioses. Seguramente, al propio Vicente Ferrer no le agradaría semejante elevación. Pero, a poco que nos esforcemos, no nos será difícil ver en estos gestos las palabras de las Escrituras donde se nos dice que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. El hombre, como Dios, es capaz de amar, capaz de compadecerse; el hombre está llamado a amar primero a Dios y luego a sus semejantes, en los que puede encontrar el rostro divino. No es difícil para un cristiano ver en Vicente Ferrer esa semejanza divina, ese llamamiento a amar al prójimo en una vida que no se cansó de entregar a los pobres. Bendita sea esta locura de la que ojalá un día todos nos contagiemos.






Pero, más allá de tradiciones y leyendas, nos ha llegado algo que es más que una tradición. Hasta la creación de Cáritas, el servicio social cristiano se organizaba en la mayoría de los sitios en torno a San Antonio. Todavía existen muchos templos en los que podemos ver un cepillo con el letrero “Pan de San Antonio” o “Pan de los pobres”. Y esto sí tiene un origen histórico, pues el santo, lo mismo que los franciscanos en general, se convirtieron desde el primer momento de la fundación de la Orden en los mejores amigos de los pobres. Siempre al lado de los marginados, siempre al lado de los que sufren, los franciscanos, y San Antonio de manera especial, nos recuerdan al conjunto de la Iglesia aquella frase de Jesús en la que se identifica con el hermano necesitado: Tuve hambre y me disteis de comer, estuve desnudo y me vestisteis.
Pensaba que la mayor enfermedad de este mundo no era la falta de fe o la crisis moral por la que atravesamos, sino que lo que agonizaba era la esperanza, las ganas de vivir y de luchar, el volver a descubrir las infinitas zonas de luz que existen en el ser humano y en las cosas que nos rodean. Pensaba también que el gran triunfo del mal en nuestro tiempo consistía no tanto en habernos vueltos ciegos como en habernos puesto a todos unas gafas negras para que creamos que sólo el mal acampa en el mundo; rodeados de malas noticias desde el despuntar del día hasta la noche, desde que abrimos un periódico hasta que apagamos la televisión, ¿cómo no vamos a pensar que es sólo mal y nada más que mal lo que nos rodea?



Encontró por fin el caballero, cansado de recorrer caminos en busca de una causa justa que defender y de trepar por corazones inaccesibles, una dama con quien compartir el final del día. Era de mirada profunda y delicada, como si hasta la más leve brisa alterase su semblante, de aspecto serio mas con una sonrisa que desplegaba inmensa y natural en momentos puntuales, y con un dolor desconocido que parecía escapar en cada gesto suyo.

