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viernes, 23 de diciembre de 2011

El misterio del dolor

 ¿Por qué una persona lleva estudiando y trabajando toda su vida para conseguir una meta y, cuando cree que la ha conseguido, se desmorona todo como un castillo de naipes de la noche a la mañana? ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate en un coche la víspera de su boda, dejando destruidos a todos los suyos? ¿Por qué, de igual forma, un feliz  padre de familia abandona a los suyos tras una cruel y rápida enfermedad?  ¿Por qué sufro yo? ¿Qué he hecho yo para merecer mi enfermedad o mi abandono? ¿Qué culpa tienen los niños inocentes? Son preguntas que todos nos hacemos y ante las cuales es difícil encontrar una respuesta. Y es que el dolor es un misterio al cual hay que acercarse "como uno se acerca a la zarza ardiente: con los pies descalzos, con respeto y pudor." Podemos intentar una aproximación a este problema y encontrar quizás algunas respuestas parciales, que seguramente nos abrirán otras preguntas, porque la respuesta última nunca la tendremos, porque "después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe."

Decía Juan Pablo II, en su encíclica sobre el dolor, que "el sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones." Y Benedicto XVI, a las preguntas de una niña japonesa que sufrió el terremoto que asoló el pasado mes de marzo su país, respondía con otra pregunta: "También yo me pregunto: ¿por qué es así?, ¿por qué vosotros tenéis que sufrir tanto mientras otros viven cómodamente?" Aunque, como es lógico, encontraba en el dolor la oportunidad de encontrar a Jesús: "Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado."

A este misterio del dolor intenta acercarse José Luis Martín Descalzo en su libro "Razones para iluminar la enfermedad" (Ediciones Sígueme, Salamanca 2009), que tengo entre mis manos, una recopilación de artículos que ya vieron la luz en la prensa en su momento o en diversos libros que los recogían y que ahora, con una temática común, aparecen reunidos en un pequeño volumen que debiera ser del interés de todos, porque nadie se encuentra inmune al dolor, y que me permito recomendar. No sólo aborda en él el problema del dolor ajeno, sino también el suyo propio, el que experimentó en los últimos ocho años de su vida. El dolor, que llama a todas las puertas y que eleva o aniquila, que oscurece los semblantes o ilumina corazones, herencia que tarde o temprano habremos de aceptar sin remedio. El dolor, ese compañero de viaje no deseado pero que tal vez nos enseñe algún camino con su áspera palabra.

martes, 14 de junio de 2011

Mi apellido: sacerdote

Por encima del narrador, del dramaturgo, del ensayista, del poeta, del periodista autor de miles de artículos, se encontraba el sacerdote. Así lo reconocía poco antes de morir: "Soy, soy, soy sacerdote. Por los siglos de los siglos." Y en un poema suyo escribiría: "Poned sobre mi tumba mi nombre./ Y mi apellido: sacerdote./ Y nada más./ Porque jamás he sido/ ni querido ser/ otra cosa." Nada se entiende en la vida y en la obra de José Luis Martín Descalzo sin esta pasión por el sacerdocio, por Cristo y por su Iglesia. Llaman la atención estas palabras precisamente en un día en el que leo que unos mal llamados sacerdotes, los tristemente famosos curas de la parroquia de San Carlos Borromeo, de Entrevías, en Madrid, profanan de forma permanente el sacramento de la Eucaristía mediante su administración a agnósticos, musulmanes y hasta a algún marciano si pasara por allí. Como si no sufriera bastantes ataques la Iglesia para que encima se la dinamite desde dentro. El pasado día 11 se cumplieron veinte años de la muerte de mi querido y admirado Martín Descalzo. Más de una vez he traído a este blog algún texto suyo. Hoy quiero rendirle un pequeño homenaje con uno de sus poemas, un soneto eucarístico perteneciente a su "Testamento del Pájaro Solitario", libro que fue el más vendido en la Feria del Libro de Madrid del año 91. Espero que os guste.


Alguien delante

¿Quién te sembró, Señor, en los trigales,
quién espió las nubes, quién rezaba
por tu Cuerpo de Pan, cuando se alzaba
la amenaza del sol y sus puñales?

¿Quién envolvió en ternísimos pañales
mis diminutas manos, quién soñaba
al borde de mi cuna y me enseñaba
a hablar del vino y de los cereales?

¿Quién llevó las espigas a mi mano?
¿Quién acercó mi mano a las espigas?
¡Oh, custodiada vida! ¡Oh, caminante
guiado por un soplo sobrehumano!
Ya no sé dónde voy. Manos amigas
me llevan. Voy. Ya voy. Y alguien delante.





lunes, 4 de octubre de 2010

La poesía en el alma

Echando un vistazo al periódico esta mañana, me entero de la muerte, a los 47 años, del poeta mallorquín Miguel Ángel Velasco. Finalista del Premio Adonais en 1979 con sólo 16 años, por su libro “Sobre el silencio y otros llantos”, dos años después lo conseguiría con “Las berlinas del sueño”, uno de los poemarios más hermosos de la Transición, una edición antes de que llegara otro de los títulos fundacionales de aquellos días, “El jardín extranjero”, del granadino Luis García Montero, y un año después de que lo lograra Blanca Andreu con “De una niña de provincias que se vino a vivir en un chagall”.

Poeta de una fuerza descomunal, la poesía era para él un sacerdocio más que un oficio, algo que llevaba cosido al alma. Viajero incansable del universo poético, buscó siempre nuevos territorios para su poesía, reinventándose y cambiando de registro sin por ello dejar de ser fiel a sí mismo. Su pasión por las vanguardias y un culturalismo que manaba de forma natural dejaron paso a un poeta maestro en el alejandrino, el endecasílabo, el verso blanco, en la escuela sobre todo de Agustín García Calvo.

Hace siete años obtuvo el Premio Loewe de poesía con “La miel salvaje”. En la portada de este libro aparece una imagen de un insecto atrapado en ámbar del Báltico, como reliquia de un tiempo perdido para siempre. Y de este mismo libro reproduzco el siguiente poema que espero que os guste:


SORTIJA

Se abisma el ojo en la encendida gota
procelosa del ámbar.
Hay un fragor secreto en la provincia
resumida. Un mosquito, oscuro Ícaro
del tiempo soterrado,
bogando en la burbuja que aún conserva
ese violín sin norte del zumbido.

Relicario de brasa. Dura lágrima
de un sol cristalizado en agonía
de remotas partículas que fuimos
en la aurora volcánica.
Ascua de nuestro infierno,
que transportamos como quien no sabe
que atesora su ruina, la Pompeya
del Día de la Ira en un anillo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Aborto libre y progresismo


Esta mañana ha fallecido, en su casa de Valladolid, el escritor y académico Miguel Delibes. Desde “La sombra del ciprés es alargada” (1948), obra que supuso su estreno en las letras y con la cual consiguió el Premio Nadal, hasta “La tierra herida” (2005), escrita con su hijo Miguel, más de cincuenta títulos jalonan la trayectoria de un escritor considerado como uno de los grandes de la literatura española. “Dentro de doscientos años los niños estudiarán la obra de Delibes junto a la de los grandes de la Literatura española: Cervantes, San Juan de la Cruz, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, Calderón, Pérez Galdós, Bécquer, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Aleixandre, Buero Vallejo, Unamuno, Federico García Lorca.”, ha escrito de él el también académico Luis María Anson. Pero no es la intención de este blog escribir una semblanza sobre su vida y su obra; ya se encargará de valorar su figura, desde hoy y en los próximos días, gente más preparada que quien esto escribe. Sí quiero traer, como homenaje, un artículo suyo publicado por primera vez en ABC en 1986 y vuelto a publicar, en este periódico y en otros medios, en sucesivas ocasiones, dado que no parece pasar nunca de actualidad. Se titula “Aborto libre y progresismo”, y es una aproximación al tema del aborto que, como verán, podría haberse escrito hoy mismo y que viene a demostrar que se puede estar a favor de la vida con independencia de la ideología que cada uno profese.



ABORTO LIBRE Y PROGRESISMO

En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: “Nosotras parimos, nosotras decidimos”. En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.

La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.

Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna “progresía”. En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para éstos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.

Miguel Delibes

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las cosas de un poeta


“¿Quién sabe las razones de un amor? Son secretas como las aguas bajo la tierra, que luego salen en manantial donde menos se espera. Nada se guarda y el amor menos que nada. A fuerza de pasar los ojos sobre este campo, lo vamos conociendo como el cuerpo de una enamorada, distinguimos todas sus señales, sabemos la ocasión del gozo, la de la esquivez. ¡Oh enorme cuerpo del amante! Por tus barrancos y por tus veras, por tus graciosos cielos, por tus caminos, ya polvorientos, ya encharcados, por tus rincones ocultos y tus abiertas extensiones, por agostos y por eneros, te he cabalgado. Tú también conoces los cascos de mi caballo. En la más dura coscoja, en la matilla más oculta, en vuelo y en terrón, en todo te he buscado.”

Así comienza “Las cosas del campo”, un libro que Dámaso Alonso definió como “el libro de prosa más bello y más emocionado que yo he leído desde que soy hombre”. Si hace una semana hablaba de la muerte de un poeta enorme, Diego Jesús Jiménez, hoy me toca hacerlo de la de otro grandísimo poeta, José Antonio Muñoz Rojas. A punto de cumplir cien años el próximo 9 de octubre, iba a escribir de él que se trataba de un viejísimo poeta –sobre todo si lo comparamos con la prematura muerte de Diego Jesús Jiménez-; pero me he dado cuenta, tras releer algunas de sus líneas, de que ese viento y esos surcos, ese campo que se renueva, permanecen eternamente jóvenes; me he dado cuenta de que un poeta como él permanece siempre joven.

Nacido en Antequera (Málaga) en 1909 –“Antequera, norte de mi pluma”, se titula un libro suyo-, José Antonio Muñoz Rojas se encuentra a caballo entre la generación del 27 (por su amistad con los poetas pertenecientes a ella y con los cuales se inició publicando en 1929 “Versos del retorno”) y la del 36 (por su regreso al mundo de los clásicos del Siglo de Oro), y se consideraba a sí mismo como un poeta de la quietud, de la serenidad y del cambio. “El silencio es fundamental para un poeta –decía-; de ahí sale todo”. Quizá por eso se mantuvo al margen de los conciliábulos del mundillo literario, lo que explica su tardío reconocimiento; premios como el Nacional y el Reina Sofía le llegaron casi a última hora, en 1998 y 2002.

Su poesía, en verso o en prosa, es un canto a lo sencillo, a lo elemental, a lo inmediato, y, por lo tanto, una celebración del mundo y de la existencia, la humilde constatación de la alegría de estar vivos. Leyendo sus versos, muchas veces me ha dado la impresión de que lo que escribe, más que un poema, son notas para un poema, apuntes del natural con los que construir luego un edificio poético. Termino con una poesía suya, de su libro “Entre otros olvidos”, que precisamente me sirvió hace años para comenzar uno de mis poemas.



Ven como sea, en la luz
de la mañana, en el primer vuelo
de cualquier pájaro de los que ahora
mismo cruzan el cielo, o se levantan
de la tierra. Ven como sea,
que esta hermosura de tarde
te necesita para su eternidad.

JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Espacio para un sueño

Hojeando los periódicos atrasados por las fiestas, me entero del fallecimiento, a los 67 años, del poeta Diego Jesús Jiménez. Sólo conozco un libro suyo, Itinerario para náufragos (1996), pero me ha bastado para tenerle como uno de mis poetas favoritos de los últimos años. Su obra poética, inclasificable, se encuentra al margen de las corrientes estéticas de los últimos tiempos, sin que por ello deje de estar considerado como uno de los pocos autores fundamentales de su generación y, por lo tanto, del último medio siglo.

En su obra, podemos distinguir tres momentos bien diferenciados: una primera etapa juvenil, de formación y búsqueda, en la que se encuentran sus tres primeros libros: Grito con carne y lluvia (1961), La valija (1962) y Ámbitos de entonces (1963); una segunda etapa, de madurez expresiva, con La ciudad (1965, Premio Adonais 1964) y Coro de ánimas (1967, Premio Nacional de Poesía 1968); y una etapa de plenitud, con Fiesta en la oscuridad (1976), Bajorrelieve (1990, Premio Hispanoamericano de Poesía Premio Juan Ramón Jiménez) e Itinerario para náufragos (1996), con el que obtuvo el Premio Gil de Biedma, el Premio de la Crítica y, de nuevo, el Premio Nacional de Poesía.

Diego Jesús Jiménez nos ofrece en su poesía una visión del mundo centrada en el perpetuo misterio de la vida. Sin embargo, a él no le interesaba descifrar este misterio, sino “plantearlo, mostrarlo, nadar en él, vivir en él sabiendo la imposibilidad de desvelarlo a través del arte”. De ahí su escepticismo con respecto a las posibilidades de la palabra para conocer la realidad. Y es que, según decía, la labor del poeta no es conocer la verdad, sino soñarla. El resultado es una poesía hondamente reflexiva, crítica y desmitificadora, pero que, al mismo tiempo, es un canto a los “desheredados, los fracasados, las víctimas de la Historia o de cualquier historia”. Ofrezco, como homenaje, su poema “Espacio para un sueño”, con el que abre el Itinerario para náufragos antes mencionado.



ESPACIO PARA UN SUEÑO

Escondido repite,
por cipreses y yedras, un pájaro su canto.
Celebra la mirada
una batalla con el tiempo esta tarde de otoño
incendiada de nieblas. Y pensando en la Historia
-una nube de polvo en el paisaje,
las piedras estañadas por los tonos azules
que ha dejado la lluvia en las almenas- ves derramarse el tiempo.

En la antigua arquería, los fragmentos
de una inscripción indescifrable, poco a poco, se han ido convirtiendo
en pequeños reptiles disecados: belleza aniquilada
que aún deslumbra a tus ojos. Es el tiempo
que, como los ríos, huye
-rehén de sus espejos-, al obsesivo espacio de cuanto no ha vivido.

Si debemos morir, ¿por qué la vida,
sobre cualquier lugar de la memoria, continúa esperándonos?

Aletargados por el sol, decoran el silencio
cuantos signos contemplas.
Tan sólo purifica
la calma vegetal que respiras, el canto del jilguero
que la enramada oculta. Así habitas su edad
llena de sufrimiento; la geometría invisible de su música eterna.

Los malvarreales, centinelas de acequias
y de ruinas, la claridad de humo
de esta tarde de octubre, edifican el reino que contemplas.
No sabes ya si vives,
o si sueñas o has muerto y no te has dado cuenta. En sus altares
lo irremediable de la Historia es venerado. Nace de las orillas de un infinito [océano
la luz cansada de cuanto te deslumbra. No otra cosa difunde
su corazón ahora, que no sea la muerte
que continúa latiendo.

DIEGO JESÚS JIMÉNEZ


jueves, 11 de junio de 2009

El "Padre nuestro" de Dios

Pensaba que la mayor enfermedad de este mundo no era la falta de fe o la crisis moral por la que atravesamos, sino que lo que agonizaba era la esperanza, las ganas de vivir y de luchar, el volver a descubrir las infinitas zonas de luz que existen en el ser humano y en las cosas que nos rodean. Pensaba también que el gran triunfo del mal en nuestro tiempo consistía no tanto en habernos vueltos ciegos como en habernos puesto a todos unas gafas negras para que creamos que sólo el mal acampa en el mundo; rodeados de malas noticias desde el despuntar del día hasta la noche, desde que abrimos un periódico hasta que apagamos la televisión, ¿cómo no vamos a pensar que es sólo mal y nada más que mal lo que nos rodea?

Procuró, desde los suplementos dominicales de ABC, desde esa extraordinaria serie de artículos titulada “Cuaderno de apuntes”, hablar a la gente desde el corazón, de las pequeñas alegrías de cada día, de esas zonas luminosas del mundo de las que nadie hablaba, y descubrió que aquellas palabras servían, que llegaban a la gente, y enseguida comenzó a recibir un aluvión de cartas de personas que le decían no que esos comentarios les gustaran más o menos o que estuvieran de acuerdo con sus ideas, sino que esos artículos les eran útiles, les ayudaban a vivir, que los esperaban cada domingo como un alimento, casi como una comunión.

Yo también era de los que esperaban esos artículos de José Luis Martín Descalzo como una comunión. Nada más llegar a casa el ABC del domingo, lo primero que hacía era buscar el suplemento para encontrarme con esas líneas que me hacían reflexionar y me llenaban de luz, que tocaban las fibras más sensibles del ser humano y no dejaban indiferente a nadie. No pretendía pintar un mundo de color de rosa ni inyectarnos un falso optimismo. El dolor estaba ahí, como parte de nuestra existencia. Pero pensaba que debíamos asumir la desgracia sin vestirnos con la amargura, sin dejarnos vencer por ella, que había que aprender a mirar más allá del dolor, que aunque nuestros pies chapotearan en el barro, nadie iba a impedirnos nunca levantar los ojos hacia las estrellas.

Se cumplen hoy dieciocho años de la muerte de mi querido Martín Descalzo, una persona que, de alguna manera, nunca ha dejado de estar presente en mi vida. Bien a través de su grandiosa “Vida y misterio de Jesús de Nazaret”, o releyendo sus recopilaciones de artículos, que aún rezuman vida, sigue frecuentando el pensamiento y el corazón de quien esto escribe. Se preguntaba en uno de estos artículos cómo podría ser la oración de Dios si un día quisiera rezar, cómo sería el “Padre nuestro” divino, la oración con que tal vez contestara a los hombres cuando alzan sus ojos al cielo y ponen en sus labios esas dos palabras milagrosas: Padre nuestro. Pensó que podría ser algo parecida a ésta:

Hijo mío que estás en la tierra,
preocupado, solitario, tentado,
yo conozco perfectamente tu nombre
y lo pronuncio como santificándolo,
porque te amo.
No, no estás solo, sino habitado por Mí,
y juntos construimos este reino
del que tú vas a ser el heredero.
Me gusta que hagas mi voluntad
porque mi voluntad es que tú seas feliz,
ya que la gloria de Dios es el hombre viviente.
Cuenta siempre conmigo
y tendrás el pan para hoy, no te preocupes,
sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos.
Sabe que perdono todas tus ofensas
antes incluso de que las cometas;
por eso te pido que hagas lo mismo
con los que a ti te ofenden.
Para que nunca caigas en la tentación
cógete fuerte de mi mano
y yo te libraré del mal,
pobre y querido hijo mío.



Stabat Mater
Composición poética de José Luis Martín Descalzo

miércoles, 3 de junio de 2009

Cenizas (a Lola Santiago)

Sólo sabía de ella que escribía en el ABC. Perdidos muchas veces en un maremágnum de noticias de “la más rabiosa actualidad”, se nos escapan muchas veces palabras calmadas, escritas como en la orilla de los días, y que seguramente nos aportarían la pizca de sosiego necesaria en este tráfago incesante que nos rodea.

Hace poco venía en el periódico la noticia del fallecimiento de la escritora –escritora y pintora, como se definía ella- Lola Santiago (Granja de Torrehermosa, Badajoz, 1952), hermana del también escritor José Miguel Santiago Castelo, subdirector de ABC. A muchos no les dirá nada este nombre, incluso yo mismo tuve que hacer por unos instantes un pequeño esfuerzo de memoria para situarla en las páginas de este periódico. Leyendo su necrológica, me entero de que su obra literaria se había centrado sobre todo en la poesía. “Apenas un trazo” (1985), “Ya no es tiempo de lilas” (1993), “Pulso roto” (1995), “Plenitud del instante” (1998), y “De Centro a Boca” (2004), son los títulos de sus poemarios. También escribió una novela, “Blues del silencio” (2006), y “Rayas de cebra”, una recopilación de sus artículos en ABC recién salida de la imprenta y que la escritora quería presentar en la Feria del Libro. Hace unos meses se había embarcado en un nuevo proyecto, una revista digital dedicada a la cultura, http://www.laotraesquina.es/, dirigida por ella misma.

En los últimos tiempos, su nombre se me escapaba entre el torrente de noticias y nombres que nos rodean. Sin embargo, hubo una época en que la leía con cierta regularidad. Incluso he recordado que ese artículo que todavía andaba dando vueltas por mi mesa y que recorté porque me gustó bastante, lleva su firma. Se titula “Cenizas” y, curiosamente, son unas palabras de despedida a otro poeta de su tierra pacense, Manuel Pacheco, cargadas de lluvia y de melancolía. Lo transcribo a continuación como homenaje a esta escritora.

CENIZAS

La melancolía fuerte apretaba la tarde pacense. Un grupo nutrido de personas acudían a un ritual funerario y entrañable. En silencio, una barca atravesaba el Guadiana para en su centro, allí donde la corriente es más espesa, derramar unas cenizas. Eran las pavesas de un poeta. A mucha gente que no sea de la región, les resultará extraño su nombre, Manuel Pacheco, pero fue un gran poeta y un hombre triste. Como la tarde en que se fundió para siempre con el río que amaba. Los paraguas chorreaban nostalgia. Como su alma. Todos estaban allí, familiares, amigos y autoridades. Silencio emotivo. Se leen unos versos del poeta. Se aplaude. Y los claveles, las rosas y algunas guirnaldas caen en las aguas verdosas del río. Y en breve tiempo todo ha terminado. La voluntad del poeta se ha cumplido. Ya está fundido con la naturaleza que tanto amó. Hay como un desgarro de guitarra que se lleva el viento. Sin apenas moverse.

Son las siete y media de la tarde de esta primavera recién estrenada. Apoyada en la baranda, miro al río. La lluvia fina e insistente marca hoyuelos concéntricos, separados unos de otros, equidistantes, perfectos. Comienza a anochecer en el embarcadero. Entre un puente moderno y los arcos que saben de tantas historias del puente viejo. Cae la tarde. Sigue la lluvia. Los grupos empiezan a dispersarse. El agua y las cenizas fundidas para siempre. Y no tengo ni un verso tuyo, Pacheco. Porque tu mejor verso lo has escrito en este anochecer lluvioso con la melancolía infinita del silencio.

Lola Santiago
ABC, 1-4-98