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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Supervisor de gatos



El Odioso Señor es un personaje de "Tres sombreros de copa", la magistral comedia de Miguel Mihura, que intenta ganarse los favores de Paula, la chica protagonista. El señor de la Moncloa puede resultar odioso por numerosos motivos, sobre todo por llevar al país a los cinco millones de parados o por volver a abrir las heridas de nuestra Guerra Civil. Pero cuando resulta en especial odioso es cuando intenta mostrarse poético o gracioso. Si hace tiempo soltó eso de "la tierra solo pertenece al viento", ahora le ha tocado el turno a Ramón Gómez de la Serna con "El mejor destino que hay es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca mirando el cielo" (creo que no la citó entera), una greguería que evoca, desde un dolce far niente, la serena contemplación de las figuras celestes para engañar el curso de las horas, oficio destinado en principio a pastores o poetas, además de a todo aquel con un mínimo de sensibilidad en sus venas. No comparto eso que se ha dicho de que no ha hecho otra cosa desde que llegó a la Moncloa. No. Por desgracia no ha dejado de hacer cosas, y ninguna buena, en estos más de siete años en los que, un día sí y otro también, no ha parado de socavar los cimientos de nuestra convivencia y nuestras instituciones. Magnífico el chiste de Mingote el lunes, con todos los bolos de nuestro país -Educación, Trabajo, Justicia, Economía...- por el suelo, y  con el único que queda en pie, la Meteorología, a punto de ser derribado con un trabuco por el de las cejas.

Yo, por si acaso se le ocurre poner sus manos sobre las nubes, ya me he buscado una ocupación para cuando quiera alejarme del alocado tráfago de los días: supervisor de gatos. Sí, como lo oyen. La familia de gatos mediopensionistas que habita en el jardín, frente a mi ventana, ha tenido un retoño que hace las delicias de mis pupilas y me distrae de alguna tarea en apariencia más provechosa. Pocas cosas hay más graciosas que los animales cuando son pequeños; te puedes pasar los minutos observándolos sin que el segundero te avise de que estás vivo. Y este gatito ha perdido ya su timidez inicial y trepa por los árboles y juega con su madre y sus hermanos, tíos, primos o vete tú a saber el parentesco que les une, ajeno por completo a los ojos embobados que le miran. Lo dicho: supervisor de nubes. Por si al de la Moncloa le da por clavar sus cejas en los caprichos del viento.


martes, 29 de junio de 2010

¡Es España, imbéciles!


“¡Es la economía, imbécil!” Ésta fue la frase que le soltó Bill Clinton a George Bush padre en la campaña electoral que le llevó por primera vez a la Casa Blanca. Con ella daba a entender que, aunque Bush había tenido un notable éxito en política exterior, con el fin de la Guerra Fría y la I Guerra del Golfo, el verdadero problema estaba en la economía y en la recesión que sufría el país en esos momentos. Nadie ponía sobre la mesa, por supuesto, el modelo de estado y la unidad territorial, en un país donde no suele aparecer ningún botarate que cuestione la idea de nación, y menos si le toca ocupar la presidencia.

Daba pena ver ayer a nuestros políticos, tras la resolución del TC sobre el Estatuto catalán, presentar ésta como la que más se ajustaba a sus esperanzas, al modo de los resultados de unas elecciones, donde siempre parece que todos ganan y nadie pierde. A Zapatero y sus secuaces ya los conocemos: odian España, sus costumbres, sus tradiciones, todo lo que suene a español, y son capaces de pactar hasta con el mismísimo diablo o con el sultán de Marruecos con tal de seguir en el poder. De los otros –patética ayer Soraya-, en cambio, se esperaba algo más, una defensa de la idea de España –y una perseverancia en ella- con la que muchos nos hemos criado y hemos aprendido a amar a esta tierra. Qué espectáculo ayer el de nuestros políticos, he ganado yo, has perdido tú y, mientras, España desangrándose como la verdadera víctima de sus disputas. Dan ganas de gritarles lo de Clinton a Bush hace unos años, cambiando, como es lógico, los términos de la exclamación: “¡Es España, imbéciles!”

viernes, 21 de mayo de 2010

A los leones

Parece que no han bastado funcionarios, pensionistas y personas dependientes para saciar el hambre que la incompetencia de la casta gobernante ha provocado en los leones de la crisis, y ya han surgido voces sugiriéndole a Nerón el viejo truco, que vuelva a echar a la arena a los de siempre: los cristianos. Si hace unos días era Tomás Gómez, el secretario general de los socialistas madrileños, quien abogaba por que la Iglesia católica renunciara de manera voluntaria a parte de lo que recibe por la Declaración de la Renta para colaborar, según él, en la lucha contra la crisis, ahora ha sido el eximio pensador José Blanco quien ha especulado con la desaparición de la casilla de la Iglesia del IRPF. Sostiene el ilustre estadista que la Iglesia se lleva la mayor parte de las ayudas que el Gobierno concede a las instituciones, incluidos los partidos políticos, los sindicatos y las ayudas sociales. “Podemos suprimir la casilla de la Iglesia católica –ha manifestado- y sólo quedaba para gasto social, por tanto podía ser una idea, no la estoy proponiendo, pero lo digo porque a veces se juega demasiado con el populismo y la demagogia.” Pues mire usted quién fue a hablar de populismo y demagogia, don José. Frente a estas palabras, sólo cabe recordarle a esta gente lo más elemental, como ha hecho monseñor Braulio Rodríguez, arzobispo de Toledo: “El sistema que tenemos en la Conferencia Episcopal es de asignación voluntaria, no es ningún impuesto. La gestión es del Estado, pero son los fieles, o los que no lo son, quienes ponen esa crucecita; por lo tanto la aportación es libre.” Además, claro, de poner de manifiesto una vez más la ingente labor social y educativa que la Iglesia lleva a cabo, con instituciones como Cáritas, por la que mucha gente que no es creyente no duda en marcar también esta casilla, y sin la cual el Estado tendría poco menos que echar el cierre.


lunes, 7 de septiembre de 2009

Motivos para el pesimismo


Poco más se puede añadir a un chiste tan bueno, publicado por Ramón en “La Gaceta” y considerado el jueves pasado por “Alfa y Omega” como el mejor chiste de la semana. Tan sólo que dan ganas de coger la maleta y largarse (el que pueda, claro).

lunes, 8 de junio de 2009

Votar a los nuestros

Estas líneas no pretenden ser un análisis de la jornada electoral de ayer. Sesudos y más cualificados analistas que el que esto escribe hay en otros sitios, y también entre estos blogs, y no quisiera hacerles la competencia. Sí me gustaría realizar algún comentario sobre una frase que, entre los múltiples que sobrevolaban el recuento de papeletas, pude escuchar en la noche del domingo. Le oí decir, creo que a Federico, que las elecciones se convocan para poder mostrar nuestra disconformidad con la gestión del partido hasta ahora en el poder.

En efecto. No estamos obligados a votar una y otra vez al mismo partido, como así lo pudiera parecer a la luz de los resultados, del escaso margen de diferencia entre los dos grandes partidos nacionales. Un partido político no es, o no debiera ser, la familia de uno, aunque algunos entiendan la política como su finca particular. Un partido político tampoco es un equipo de fútbol al que guardar fidelidad porque sea imposible abandonar unos colores. Está muy arraigada entre nosotros la expresión “votar a los nuestros”, como si fueran los de casa, los de toda la vida. En este aspecto me parece que nuestra democracia aún se encuentra en pañales, a años luz de otros países de nuestro entorno. Aquí sería impensable un bajón como la de los socialistas en Francia o los laboristas en Gran Bretaña, países donde las urnas parecen asentarse sobre sólidos cimientos. Creo que esto se debe, en buena medida, a nuestro trágico y no demasiado lejano pasado, a esa herida que algunos se empeñan en mantener abierta.

Votar se ha convertido para muchos en un acto reflejo; la gente vota “a los suyos” sin detenerse a reflexionar si han traicionado su confianza o si al menos se merecen que se pongan en solfa las promesas de la campaña anterior y el gobierno de la legislatura que concluye; me temo que a algunos eso del programa electoral les suena como a un arcano de difícil acceso, como a una especie de jeroglíficos que sólo unos cuantos entendidos pudieran descifrar. No es de extrañar, por tanto, que con estas premisas se alcanzaran unos resultados con tan estrecho margen como los de ayer. El día en que a la hora de votar no se presente la papeleta como si fuera el segundo DNI, algo habrá cambiado en este país.