Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de septiembre de 2011

Yo fui gigante

Recuerdo que en mi niñez,
alegre más de una vez,
delante de ellos corrí.

FIACRO IRÁYZOZ
"Los gigantes de Pamplona"




Y con ellos también corrí. Con ellos sobre mis hombros, quiero decir. Corriendo en esta ocasión detrás de los niños y asustándolos y soportando a veces sus chanzas, que de todo había. Porque durante muchos años he sacado los gigantes, los gigantones, en las fiestas del pueblo. Durante muchos desfiles me ha tocado bailar al son de la música y el confeti, y dar vueltas y correr de un sitio a otro detrás de la muchachada o retirarme cuando algún infante aún demasiado tierno no comprendía que aquella cabezota que le miraba sólo estaba hecha de cartón piedra y rompía en llanto. Estos días han vuelto a salir a las calles y, aprovechando que esta vez no necesitan mi ayuda para desfilar -y bien que lo siento-, quisiera escribir unas líneas sobre el origen de esta tradición que tanto colorido aporta a las fiestas de nuestro suelo patrio.


No hay que buscar un origen único a los gigantes, ya que nacen en diferentes partes del mundo distantes entre sí, aunque muy posiblemente tengan en común su relación con ceremonias rituales o iniciáticas. Así, podemos encontrar figuras gigantes en la Roma clásica, en las praderas de los indios americanos del siglo XIV o en el África del siglo XV. Se han hallado gigantes o cabezudos en cien países o territorios de todo el mundo. En la actualidad, su entorno alcanza contextos sociales muy diversos, pudiendo hallarlos, por ejemplo, en representaciones festivas o en otras de tipo exclusivamente religioso.


El origen de las figuras gigantes, tal y como las conocemos en la actualidad, debemos buscarlo en ceremoniales religiosos muy antiguos, en los cuales hacen su aparición con el fin de mostrar, por encima de las cabezas de los presentes para así magnificarlo, al ser o dios que representan con su imagen, haciéndolo presente al mismo tiempo mediante danzas y cánticos rituales. En Europa y otros lugares, fueron evolucionando desde estos orígenes, en un contexto de religiones paganas, hacia elementos didácticos y festivos, como cuando eran usados por los juglares y en teatros ambulantes para reforzar sus representaciones, o con su integración en los carnavales.


Sin embargo, esas figuras antiguas eran muy distintas de las actuales, así como la forma en que eran portadas, puesto que comprendían desde una cabeza de madera tallada, situada encima de una vara y con el cuerpo envuelto en una tela, hasta estructuras de paja, sin representar a ninguna imagen específica, que después del ceremonial podían acabar quemadas. Tampoco su evolución, al nacer en distintos lugares del mundo no conectados entre sí, fue la misma en todas partes. Así, por ejemplo, el caballete, el elemento que permite mantener al gigante en toda su altura, incluso cuando no se halla dentro el portador, no se incorporó antes del siglo XII, y rara vez fuera de Europa.


Llegamos al año 1311 en Europa, cuando el papa Clemente V, tras unos años de decaimiento, revitaliza y regula la fiesta del Corpus Christi. Y, a pesar de que no se detalla cómo debe desarrollarse la celebración procesional, ésta pasa a ser en todo el orbe un desfile de elementos religiosos, muchos de ellos sobre "carros triunfales", adaptándolos sin embargo a los intereses de la fiesta. De esta forma, los gigantes, la  tarasca, los cabezudos y todo tipo de fabulario se incorporan a una fiesta que con el paso del tiempo va añadiendo nuevos elementos procedentes sobre todo de las representaciones gremiales. Si a esto añadimos los bailes populares, como la danza de las espadas, nos encontramos con que dicha celebración ejerce una enorme atracción para las clases sociales más bajas, ya que en ella encuentran reflejados muchos de los elementos pertenecientes a sus costumbres y tradiciones.


El origen de la tradición actual en España data de la Edad Media. Así, ya encontramos referencias escritas en 1201 en Pamplona, con tres gigantes que representaban a tres personas de Pamplona: Pero-Suciales (leñador), Mari-Suciales (aldeana) y Jucef-Laucari (judío). Solían salir en la procesión de San Fermín el 25 de septiembre. De aquí pasó la costumbre al reino de Castilla y sobre todo a la Corona de Aragón.


Llegamos al año 1780, cuando se produce en España un hecho importante: la prohibición del desfile de las figuras y de la interpretación de danzas dentro de la procesión del Corpus, puesto que "el pueblo las seguía de forma demasiado festiva y se distraía de la finalidad principal." Aquellos elementos que la Iglesia hizo suyos para fomentar la participación del pueblo en la procesión del Corpus pasaban ahora a ser indeseables y se los eliminaba de la fiesta.


Esto significó el fin para muchos gigantes en nuestro país, que terminaron víctimas del polvo y del olvido, cuando no directamente en la hoguera. Localidades que contaban con una fuerte presencia y protagonismo de las figuras en la procesión, como es el caso de Sevilla, las perdieron para siempre. Sin embargo, en otros lugares no hicieron caso de la prohibición o las situaron unos metros por delante del desfile, con lo que se consiguió mantener viva una tradición que aún perdura hasta nuestros días, adoptando diversas formas de manifestación y enriqueciendo la que quizá pueda considerarse la página más importante de la cultura popular y tradicional en el mundo.

sábado, 28 de mayo de 2011

Tarde de mayo



Lloviendo lleva toda la tarde en este mayo saciado de flores y de verdes prodigiosos. Bajo mi ventana, una rosa solitaria soporta estoicamente, cabeceando leve, el agua que cae sobre sus pétalos. Es una lluvia mansa, silenciosa, de esas que dicen que son capaces de pasar con suavidad las hojas del recuerdo. Como hice ayer cuando me refugié entre trastos viejos y telarañas del alma. No hizo falta escarbar muy hondo porque aún está reciente, a pesar del más de un año transcurrido. Unos pocos pasos de la lluvia y ya estabas ahí, como ayer mismo, como el último beso que luego supe de despedida. No recordaba, en cambio, los pequeños tesoros que tuve entre mis manos. Una petaca, una cartilla de un banco, unas viejas carteras llenas de estampas y algún pequeño calendario. De cuando era muy niño, de antes incluso que naciera, tu último año de soltero. Entristecía comprobar cómo esos años, que también serían luz y rosa, eran ahora un viejo papel ajado y amarillo. Así también nuestros nombres. Un día, tras muchas lluvias, serán papel envejecido, vivos quizá en el corazón de alguien, y otro día, tras muchas lluvias más, se disolverán para siempre en el viento. Ha dejado de llover y un tímido sol se ha posado en la rosa, como si una mano invisible y bondadosa intentara rescatarla del agua que arrastra a la descomposición. He ahí nuestra esperanza. Una luz tras las tinieblas, una voz tras el silencio, un corazón amante e infinito que nos rescate de los siglos.

A mi padre

sábado, 15 de mayo de 2010

La pista de tenis


Cuando llegaba el verano, nos acercábamos a alguna de las eras del pueblo y trazábamos sobre ella una pista de tenis. En aquella época todavía se trillaba alguna vez la mies, y, aunque irregular en algunas zonas de su superficie, la tierra aplanada devolvía casi siempre el bote de la pelota. Quizá fuesen un poco rudimentarios nuestros métodos, pero solían resultar bastante efectivos. Una cuerda estirada sobre el suelo, a lo largo de ella un poco de yeso, y ya teníamos unas líneas que, en más de una ocasión desajustadas por alguno de sus ángulos, dibujaban una pista de tenis con sus medidas reglamentarias.

Algo más complicado resultaba fabricar la red, como tuvimos ocasión de comprobar. No nos sirvió la primera de todas, una que cosimos con unos sacos de abono de plástico y a la que tuvimos que decir adiós en cuanto se levantó la primera ventolera. Por fin, no recuerdo si porque lo vimos a otros muchachos o porque alguien nos lo sopló, dimos con el remedio adecuado: una vieja red de las olivas, de las que se usaban para recoger las aceitunas, resultó justo lo que necesitábamos para nuestros propósitos. Cortada y cosida como una franja horizontal, tensada por una cuerda que se introducía en un pliegue de su parte superior y que era atada a dos viejos barrotes de cortina, uno en cada extremo, y a otros que jalonaban sus once o doce metros de longitud, fijos a su vez en unos tubos de hierro incrustados en el suelo que habíamos conseguido que nos regalaran en la fragua, podía pasar por una red de verdad, de las que usan los tenistas profesionales.

Cada día, sobre las siete de la tarde, a veces antes, arramblábamos con raquetas, red y palos en las bicis y nos acercábamos a la era para montar nuestro pequeño Wimbledon particular en el que, a falta de juez de línea, era el ojo, o en su defecto una breve discusión, el que resolvía si la bola había entrado o no. Sospecho que nadie que nos viera jugar hubiese afirmado que éramos poseedores de una técnica depurada, pues sucedía a menudo que, tras uno de esos raquetazos en los que empleábamos más el corazón que la cabeza, perdíamos más tiempo yendo a por la pelota que en el desarrollo del juego, por no hablar de cuando quedaba aburrida en algún tejado próximo, circunstancia ésta que marcaba el fin del juego cuando no teníamos pelotas de repuesto.

Con todo, no puede decirse que lo pasáramos mal en los partidos. Oculto el rostro bajo unas gorras de visera que nos defendían del sol letal de julio y agosto, las horas transcurrían plácidamente sin más sobresaltos que si la pelota había botado dentro o fuera, con nuestros descansos para beber de un agua que acababa siempre como las babas y alguna mirada a un horizonte que se negaba a desaparecer de nuestra vista. La tarde se asemejaba entonces un fósforo cuya llama no se extinguiese y a un enorme árbol de una sombra tan intensa como el cariño de los padres, cuya compañía imaginábamos para siempre. Nada nos hacía sospechar de la existencia de esos lugares oscuros llamados tanatorios, y que el tiempo se apresurase un día en alcanzar un destino que nunca supusimos tan cercano.

sábado, 6 de febrero de 2010

Yesterday


Mi amiga Rosana, la que hace tiempo me "traspaso" El Kiosco de prensa, me regala una auténtica joya (ella sí que es una joya También, una aguamarina, creo). Una joya que me retrotrae A UN patio de colegio ya unos recreos donde no dejaban de sonar por los altavoces las canciones de un grupo Qué hacía Pocos años se había disuelto: Los Beatles. A uno de nuestros mandos, como llamábamos A LOS Esteban que un cargamento nuestro, parece que le encantaba el cuarteto de Liverpool, y que aprovechaba También Estaba al cuidado de la megafonía para escuchar Una y otra vez sus canciones. Una letra y una música (más bien la música, entonces Porque la letra Difícilmente podíamos entenderla) que Quedaron para siempre grabadas en mi memoria y que casi siempre me Llevan ese patio ya una recién estrenada una pubertad Cuando las escucho. Parece que fue ayer, pero ya han pasado más de treinta años. Aquí están todas las canciones de los Beatles con su letra (bueno, no sé si todas, alguna y no venta), por si Algún nostálgico quiere volver a escucharlas y Quizá saber qué es lo que decían SEE letras que entonces sólo acertaba un tararear.


TODAS LAS CANCIONES DE LOS BEATLES CON LETRAS Y VIDEOS

Un Día en la Vida, A Hard Day's, Un sabor a miel, Across The Universe, Act Naturally, Todo lo que tienes que hacer, All My Loving, All Together Now, All You Need Is Love, And I Love Her, And your bird can sing, Anna (Go To Him), Another Girl, Any Time At All, Ask Me Why, Baby It's You, Baby eres un hombre rico, Bad Boy, Porque, Estar en beneficio de Mr. Kite!, Cumpleaños, Blackbird, Blue Jay Way, Boys, Can't Buy Me Love, Carry That Weight, Cadenas, Come Together, Cry Baby Cry, Day Tripper, Dear Prudence, Devil In Her Heart, Dig A Pony, Dig It, Dizzy Miss Lizzie, Do You Wanna Know a Secret, Doctor Robert, Don't Bother Me, Don't Let Me Down, Don't Pass Me By, Drive My Car, Eight Days a Week, Eleanor Rigby, Every Little Thing, Everybody's Got Something to Hide excepto yo y mi mono, Everybody's Trying To Be My Baby, Fixing a Hole, Flying (instrumental), For No One, For You Blue, Free As A Bird, From Me To You, Get Back, Getting Better, Niña, Glass Onion, Golden Slumbers, Good Day Sunshine, Good Morning, Good Morning,, Good Night,, Got To Get You Into My Life, Happiness is a Warm Gun, Hello, Goodbye, Ayuda, Helter Skelter, Su Majestad, Here Comes The Sun, Here, There And Everywhere, Hey Bulldog, Hey Jude, Hold Me Tight, Honey Don't, Honey Pie, I Am The Walrus, I Call Your Name, I Don't Want a arruinar la fiesta, I Feel Fine, I Me Mine, I Need You, I Saw Her Standing There, I Should Have Known Better, I Wanna Be Your Man, I Want To Hold Your Hand, I Want To Tell You, I Want You (She's So Heavy),, I Will, I'll Be Back, I Cry lo contrario, I'll Follow The Sun, I'll Get You, Soy un perdedor, I'm Down, Estoy feliz de bailar con usted, I'm Looking Through You, I'm Only Sleeping, Estoy tan cansado, I've Got A Feeling, I've Just Seen a Face, If I Fell, If I Needed Someone, In My Life, It Won't Be Long, It's All Too Much, It's Only Love, Julia, Kansas City / Hey, Hey, Hey, Hey, Komm Gib Mir Deine Hand, Lady Madonna, Let it Be, Little Child, Long Tall Sally, Long, Long, Long, Love Me Do, Love You To, Lovely Rita, Lucy in the sky with diamonds, Maggie Mae, Magical Mystery Tour, Martha My Dear, Matchbox, Maxwell's Silver Hammer, Mean Mr. Mustard, Michelle, Misery, Money (That's What I Want), Mother Nature's Son, Mr. Moonlight, No Reply, Norwegian Wood, Not a Second Time, Nowhere Man, Ob-La-Di, Ob-La-Da, Octopus's Garden, ¡Oh! Cariño, Old Brown Shoe, One After 909, Sólo una canción del Norte, P.S. Te Quiero, Paperback Writer, Penny Lane, Piggies, Please Mister Postman, Please Please Me, Polythene Pam, Lluvia, Real Love, Revolution 1, Revolution 9, Rock and Roll Music, Rocky Raccoon, Roll Over Beethoven, Run For Your Life, Savoy Truffle, Sexy Sadie, Sargento. Pepper's Lonely Hearts Club Band, Sargento. Pepper's Lonely Hearts Club Band (Reprise), She Came In Through The Bathroom Window, She Loves You, She Said, She Said, She's A Woman, She's Leaving Home, Sie liebt Dich, Slow Down, Algo, Strawberry Fields Forever, Sun King, Taxman, Tell Me What You See, Tell Me Why, Thank You Girl, La balada de John y Yoko, The Continuing Story of Bungalow Bill, The End, The Fool On The Hill, The Inner Light, El Long and Winding Road, La noche antes de, La Palabra, There's A Place, Things We Said Today, Think For Yourself, This Boy, Ticket to Ride, Till There Was You, Tomorrow Never Knows, Twist and Shout, Dos de nosotros, Esperar, We Can Work It Out, What Goes On, Qué está haciendo usted, When I Get Home, When I'm Sixty-Four, While My Guitar Gently Weeps, ¿Por qué no lo hacemos en la carretera, Wild Honey Pie, With A Little Help From My Friends, Within You Without You, Palabras de Amor, Yellow Submarine, Yer Blues, Yes It Is, Ayer, You Can't Do That, You Know My ame, You Like Me Too Much, You Never Give Me Your Money, You Really Got A Hold On Me, You Won't See Me, Usted va a perder That Girl, Usted va a perder That Girl, You've Got to Hide Your Love Away, Your Mother Should Know.



El video de The Beatles Discos:

Please Please Me, With The Beatles, A Hard Day's, Beatles For Sale, Ayuda!, Rubber Soul, Revolver, Sargento. Pepper's Lonely Hearts Club Band, Magical Mystery Tour, The Beatles - White Album, Yellow Submarine, Abbey Road, Let It Be, Past Masters Volume 1, Past Masters Volume 2 .

martes, 5 de enero de 2010

La mirada de un niño

Hace años, tal noche como hoy fue una de las más felices de mi vida. Iba por la calle y la gente me miraba con asombro y me saludaba, al mismo tiempo que los niños se quedaban embobados ante mi presencia; yo, por mi parte, les devolvía sonriente los saludos a la vez que dejaba caer sobre ellos una lluvia de caramelos. El cielo, entretanto, contribuía al espectáculo con todas sus luces desplegadas. Bueno, en realidad no era a mí a quien saludaban, como ya habrán adivinado, sino al personaje que representaba. Nada menos que al Rey Melchor. Bien pertrechado contra el frío, esa noche me tocó representar, en compañía de unos amigos, uno de los papeles más gratificantes que le pueden tocar a uno: el de repartidor de ilusiones, de la poca magia que aún queda en este mundo, el papel de los Magos de Oriente.

Casi todo lo hicimos nosotros. La carroza, los ropajes con alguna vieja sábana...; yo mismo me fabriqué unas barbas blancas con algodón y una corona de cartón y papel de platilla que aún deben de rondar por algún rincón de la casa; ya se encargaría la noche de disimular cualquier fallo en nuestra vestimenta. Aquella noche, más que una cabalgata por las luces y miríadas de estrellas, fue una cabalgata por los corazones y el entusiasmo y por ese otro universo que es la mirada de un niño. Todo salió a la perfección y, una vez finalizado el recorrido, fuimos recibidos por las autoridades municipales y por una multitud deseosa de ver de cerca a tan ilustres visitantes.

Sin embargo, lo mejor estaba por venir. Sentados en unos sillones que nos habían preparado a las puertas del ayuntamiento y rodeados por nuestros pajes, era el turno de repartir los juguetes. Comenzaron a acercarse los niños con sus madres, sus padres y..., ¡oh Dios mío!, ¡se lo creían!, los niños se creían que estaban de verdad ante Melchor, Gaspar y Baltasar. Miraban mi rostro, mis barbas, y me estaban diciendo que yo, este simple mortal que ahora escribe estas líneas, era nada menos que el Rey Melchor, toda la noche fingiendo que lo era para luego resultar que era verdad, que en esos momentos yo era realmente para los niños el Rey Melchor; si hasta la niña, un poco mayor que el resto, que era mi paje y me ayudaba con los regalos también se lo creía cuando llegó el momento de entregarle el suyo.

Debido a mi proverbial timidez, sentía cierto temor ese día al contacto con la gente, aunque con los niños siempre me he desenvuelto mejor. Sin embargo, qué fácil fue todo, qué fácil cuando existe auténtica alegría, que fácil cuando se anda por el camino de la pureza, por unas estrellas que de verdad vinieron esa noche a la tierra. Esa noche descubrí que hay muchísimo más placer en dar que en recibir, en entregarse que en esperar todo de los demás, en llevar la ilusión que en que te la despierten. Y todos podemos ser Magos. Con nuestros hijos, nuestros nietos o nuestros sobrinos. Con nuestros padres o nuestros amigos. Con nuestro prójimo de al lado o con el que vive en algún rincón perdido de África. Los Magos siguen existiendo; los llevamos en nuestro interior y no nos damos cuenta. Pero a veces bastan unos ojos asombrados y unas palabras titubeantes, como aquella noche, la mirada pura de un niño, para verlo con claridad.

viernes, 16 de octubre de 2009

Tarde de domingo

También entonces descendía la tarde. También los cielos se vestían de morado y las horas se marchaban por el horizonte con paso sigiloso. Mas nada de eso importaba. Con las veinticinco o treinta pesetas que lograbas reunir de la colecta familiar del domingo, te creías con el poder suficiente para satisfacer cualquier capricho. No era demasiada la cantidad, pero bastaba para conseguir esa sonrisa que un mínimo poder económico, vedado el resto de la semana, es capaz de hacer aflorar en el rostro de un niño.

También entonces los árboles comenzaban a desnudarse y las hojas volaban sobre tu cabeza. También la nostalgia barría las calles y la luz mordía el alma. Mas tampoco importaba. La tarde era un pájaro libre para el juego y el capricho de unas golosinas. Allí estaba la tía Bolera y su eterno negro en un rincón de la plaza, con su puesto de pipas y chucherías, con su mirada detenida en quién sabe qué dolor o primavera. Era el día de asomarse al kiosco del Ángel para ver si había conseguido nuevos números del Capitán Trueno, o, tiempo después, al puesto del tío Cándido, mucho más surtido que el de la tía Bolera a la que acabaría por desplazar para siempre, que cada domingo venía, acompañado por su mujer, en su motocarro desde un pueblo cercano. El balón, los saltos o la bici quedaban para el resto de la semana. El domingo, no. El domingo había que vestirse de domingo y llegar lo más limpio posible a casa. El domingo era el día de hacer una visita a la confitería del tío Felipe y acceder a esos enormes tarros de cristal repletos de caramelos, o a la tienda de ultramarinos “La Argentina” del tío Guillermo, que se turnaba detrás del mostrador con su mujer y sus tres hijas, para probar uno de esos tronkitos que acababan de llegar, o el tigretón o la pantera rosa que vendrían después, y, de paso, a comprar los sobres de esas colecciones de cromos que nunca terminabas de completar.

También entonces las sombras te sorprendían a cada esquina, mientras un olor a churros llenaba la plaza y un hombre caminaba de vuelta a su casa con la radio pegada al oído, escuchando “Carrusel deportivo”. Pero tampoco importaba. Era la hora del cine, y las luces de colores que ribeteaban la pantalla, antes de la proyección, te anunciaban la llegada de un nuevo universo en el que pronto te sumergirías. En ese río de luz que venía de lo alto, parecía encontrarse la clave del misterio, de la vida que comenzaba a latir en la pantalla y a la que sólo podías tener acceso si mantenías los ojos fijos en ella. A la salida, aún con el pensamiento anclado a la película, ya la luna reinaba en todo lo alto y sellaba como definitivas las horas pasadas. Pero no importaba. Todavía las pinceladas del tiempo no habían comenzado a pintar el alma, el alma niña.

lunes, 27 de julio de 2009

Voces en la medianoche

No sé por qué se me ocurriría escribir la otra noche su nombre en el Google y enterarme de que había muerto no hacía demasiado, el día 9 del pasado mes de mayo. En los últimos años le había perdido la pista, y la actividad que realizaba era para mí un misterio, como los muchos que ocupaban las horas mágicas de la noche de mi programa de radio favorito de entonces, “Medianoche”. No sé por qué se me ocurriría teclear el nombre de Antonio José Alés en el buscador de Google. Fue como un fogonazo, una chispa, un presentimiento de que alguien muy querido para mí se encontraba ya en el firmamento como una más de tantas estrellas.

Y mira que me lo hacía pasar mal en ocasiones. Descubrí su programa en el verano del 78, cuando se llamaba “Agosto noche”, aunque el adolescente que era yo entonces pronto cambiaba de emisora cuando un frío más intenso que el de la noche comenzaba a recorrerle la espalda. Al verano siguiente cambió el nombre por el de “Verano noche” –ya el adolescente aguantaba sus emisiones de principio a fin-, para pasar a llamarse definitivamente “Medianoche” en otoño de esa misma temporada, ya con emisiones regulares todo el año, después del programa de deportes de José María García y en una cadena Ser en la que todavía no habían desembarcado Polanco y demás bárbaros de las ondas.

Antonio José Alés fue para toda una generación la persona que nos introdujo en el mundo de lo desconocido, de esa otra realidad que parece encontrar su mejor representación en el reino de las sombras. Ovnis y fantasmas, videntes y curanderos, psicofonías y casas encantadas comenzaron a desfilar por esas horas de la madrugada en las que cada ruido es un asalto al corazón. Voces como las de Antonio Ribera, Juan José Benítez, Enrique de Vicente, el padre Pilón o el profesor Germán de Argumosa llegaron a ser familiares y se convertirían en las mejores guías para acercarnos al misterio. Por no hablar de sus escalofriantes relatos de terror con los que no encontrabas sábana suficiente para esconder el cuerpo. Más de una vez me ha tocado quedarme solo en el pueblo, en una casa vieja plagada de ruidos y de sospechas que parecía el marco ideal para las historias que escuchaba por la radio.

“Medianoche” fue también el programa pionero en alertas ovni, una iniciativa que después se extendió a otras emisoras y que aún sigue en nuestros días. Recuerdo con nostalgia aquella primera alerta a la que llegué a apuntarme para observar el cielo desde este lugar manchego. No vi ninguna luz, salvo las que pueblan desde siglos el firmamento y que se han convertido en buzones del más profundo anhelo. Sin embargo, qué ilusión me hizo cuando, días después, mi admirado Antonio José dijo mi nombre en antena por haber participado en el programa.

Jiménez del Oso, Juan Antonio Cebrián, Germán de Argumosa... y ahora Antonio José Alés. Se me ha ido en poco tiempo un buen número de estos maestros que lograban que permanecieras con el oído pegado al transistor. Porque estos nombres, además de conocedores del mundo del misterio, eran sobre todo comunicadores, magníficos narradores que hacían que estuvieras pendiente de su palabra de principio a fin y que lograban contagiarte de su pasión por lo desconocido. Alés dominaba, además, las ondas como pocos. Una vez los miembros de su equipo le hicieron creer que el invitado del día había faltado a la cita y allí le dejaron, a solas con el micrófono y su voz prodigiosa que, palabra tras palabra y frase tras frase, fue construyendo un discurso sin interrupciones con el que consiguió llenar la hora del programa. Palabras no le faltaban a este mago de las ondas, como tampoco sabiduría adquirida a lo largo de años de investigación del mundo de lo paranormal. Un universo que sigue estando ahí, oculto, sigiloso, dispuesto a sorprender a todo el que quiera adentrarse por sus intrincados caminos. Un universo no por menos conocido, menos real, acaso también peligroso en algunos de sus senderos y al que deberíamos acercarnos siempre con precaución. Y con la mosca detrás de la oreja. Si algo aprendí de él en todos los años que le escuché, fue que hay que dudar de todo, que hay mucho embaucador metido en este mundo que por unos minutos de fama o unas perras puede engañar a cualquier incauto que se le acerque. Además de una frase que le gustaba repetir de continuo: “El mayor misterio es el ser humano”. Descansa en paz, Antonio José Alés, la voz de la noche, del misterio, compañía sobre todo en unas horas de silencio y de quietud.

domingo, 28 de junio de 2009

El curso en que amamos a Farrah Fawcett


Bueno, en realidad a mí quien más me gustaba era Jaclyn Smith. Pero he de reconocer que Farrah, como rubia explosiva, como “sex symbol” de toda un época, no tenía rival, y así se lo parecía a la mayoría de mis compañeros. Esa temporada, 1978-79, fue el año del COU y de la Selectividad, de una ayudante de cocina rubia y guapa que teníamos en el colegio y de largas noches de insomnio para preparar bien los exámenes. Fue el año que ganó Suárez sus segundas elecciones, el de un compañero medio nazi que teníamos en clase y el de múltiples discusiones políticas por la recién estrenada democracia. Fue también el primer año que viví en Madrid y el curso de los madrugones, de levantarme cada lunes a las seis para coger el tren a Toledo en la que sería mi última etapa en un internado de la capital castellano-manchega. Fue el curso de mis diecisiete años.

Cada viernes, de nuevo el tren hacia Madrid a pasar el fin de semana, y allí, en la primera tele en color que tuvimos en casa, esas “tres muchachitas que fueron a la academia de policía” que tanto temblor causaban en las pupilas, “Los ángeles de Charlie”, una mezcla de fierecillas e ingenuidad que tan bien funcionaba y que lograba que mantuviéramos la atención de principio a fin; en esto de las series de televisión, hay que reconocer que Aaron Spelling era todo un maestro.

Uno de los ingredientes más sabrosos de la serie consistía en la “invisibilidad” de Charlie, un personaje del que sólo oíamos su voz dirigiéndose a sus “ángeles”, y la incertidumbre de si un día llegarían a conocerle, algo por lo que las tres detectives se mostraban especialmente ansiosas. Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que el tal Charlie o era un “voyeur” que se complacía siguiendo en la distancia a las tres chicas, o era un capullo de tomo y lomo que nunca se dignó a quedar con semejantes bellezas para tomar una copa y brindar por el éxito de sus misiones. Claro, que él se lo perdía.

Ahora he leído que Jill Monroe, el ángel más espectacular y cuya eterna melena rubia nunca se descomponía por más movimientos que hiciese, ha muerto a la edad de 62 años. Pero no se lo crean. Los ángeles no mueren nunca y menos cumplen años. Si no, asómense a ese cielo de mi adolescencia, a esa serie de finales de los setenta; verán cómo todavía Jill-Farrah continúa desempeñando misiones para Charlie.


viernes, 26 de junio de 2009

El sonido del dos caballos


Al comienzo lo hacía con una moto Guzzi de color rojo, pero en los últimos años resultaba inconfundible el sonido del dos caballos que tenía a propósito para esta tarea. Cada día, al atardecer, comenzaba la ronda por el pueblo que le llevaba a visitar a los enfermos, a todos aquellos que no habían podido desplazarse hasta la clínica por guardar cama en su casa. Hoy es impensable algo semejante. A no ser que la cosa sea grave –e incluso así es necesaria una larga lucha por teléfono-, no consigues que un médico se digne a pisar tu casa. Y forastero, por supuesto.

Se ha muerto don José, el médico del pueblo, el de toda la vida. Llevaba años retirado, pero cuando me dieron la noticia me pareció volver a oír por la calle el ruido destartalado de su coche que por sí solo ya te tranquilizaba. Como su presencia. Era cruzar la puerta de la alcoba y retroceder el cincuenta por ciento de la enfermedad. La mano sobre tu frente, una cuchara para mirarte la boca y sus palabras tranquilizadoras. La receta, dos días de cama, y la enfermedad que comenzaba su retirada definitiva. Un tiempo, una cercanía, una confianza que parecen perderse en la noche de los tiempos.

¿A qué hora terminaba su consulta? Allí mismo, en la parte baja de su casa, tenía habilitada una clínica frente a la cual, en unos portales invadidos por la penumbra, la gente comenzaba una cháchara mientras esperaba su turno; un perro de escayola, junto a un espejo bajo, parecía guardar el secreto de todas aquellas conversaciones. Tal vez eran ya las tres, las cuatro, la hora en que se marchaba la última persona que había esperado frente a su puerta.

En una época en la que casi nadie disponía de vehículo propio, podías contar con la generosidad del suyo. Recuerdo en especial aquella vez en que a mi hermano, que tenía entonces dos años y cayó enfermo con acetona, hubo que llevarle a Madrid porque creíamos que se moría. Yo entonces contaba con cinco años y no comprendí la gravedad de la situación hasta que no vi salir al abuelo llorando de la habitación; creo que fue la única vez que le vi llorar en mi vida. Pero allí estaba el coche en la puerta, un Gordini de los de entonces. Por fortuna todo quedó en un susto y, según contaron después, ya en el trayecto mi hermano comenzó a sentirse mejor. Un perrito de esos que movían la cabeza fue su entretenimiento durante el viaje.

Ya no quedan médicos así, con esa cercanía y esa presencia familiar, con esa calidez del buen hacer en sus manos. Siento que un pedazo de mi vida se ha marchado para siempre al cielo sepia de los recuerdos, allí donde las palabras componen su más bello discurso. Descanse en paz, don José.

sábado, 2 de mayo de 2009

Recuerdos de mayo

Puede parecer increíble ahora mismo, pero hubo un tiempo en que los niños de entonces salíamos cada tarde a recoger flores para María, nuestra madre del Cielo. El campo era entonces una infinita fuente de aventuras, un libro coloreado, la expansión natural de nuestra alma niña. Montados en nuestras bicis, nos adentrábamos por los caminos del lugar en busca del mejor ramillete, competíamos por llevar al día siguiente a la escuela las flores más hermosas. Las más comunes eran las amapolas y las margaritas, seguidas por las violetas y unas flores diminutas cuyo nombre aún desconozco, pero a las que llamábamos zapatitos de oro. Mientras, los inmensos mares de espigas se agitaban con el viento del poniente, bajo una luz que se teñía a cada rato con tintes de lo eterno.

Un viejo armario al fondo de la clase era el lugar sobre el que cada año se improvisaba el pequeño altar. Allí, bajo una enorme lámina de la Virgen, colocaba cada tarde don Jaime los ramos de flores que habíamos llevado, cada uno en su correspondiente frasco o bote lleno de agua. Para cada ramo, unas palabras, un elogio, algo que recompensara al muchacho por su esfuerzo. La calidad del ramo venía determinada por el sitio que ocupaba en el altar; así, los más hermosos se situaban en el centro y en primera fila, mientras que los menos vistosos eran colocados en lugares más discretos. Las flores que ocupaban siempre los mejores puestos eran sin ninguna duda las rosas; cuando algún alumno las llevaba, seguramente de algún rosal casero o quizá de alguna verja sin vigilancia, ornaban casi siempre el altar en un puesto de privilegio y el muchacho que las había traído se convertía en la envidia de todos. No recuerdo que nos organizáramos a la hora de llevar flores, sin embargo, nunca faltaban sobre el armario; casi todos los niños llevábamos nuestro ramillete y, cuando veíamos que estaba a punto de marchitarse o que ya había sido retirado por encontrarse seco, lo renovábamos con otro puñado de color.

El final de las clases era el momento para los cantos y las lecturas de cada día. Nuestras almas infantiles bendecían la tarde con unánime pureza y marcaban la hora de la salida, de la merienda, de volver a esos campos donde el espíritu encontraba su acomodo y el tiempo era sólo los colores del ocaso. Todo esto ocurría cuando lo sagrado estaba unido a lo cotidiano, cuando la oración formaba parte de las horas y del aire mismo.