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viernes, 23 de marzo de 2012

Primavera


Lo primero que pensé fue que eran las hojas del pruno, que alfombraban el suelo tras los últimos vientos. Luego, me di cuenta de que era nieve lo que había caído, aunque tampoco estaba mal para el primer día de primavera: se han caído las flores del sueño y algo más tangible está a punto de aparecer en la tierra que despierta, regalo para el espíritu, maná para el alma hambrienta tras el invierno. Nunca deja de sorprender la primavera. Crees que han vencido las sombras, que se antojan definitivas las ramas desnudas, y, de pronto, ahí la tienes a la puerta, como una boda que pasase por tu calle o un ángel que preguntase por el cielo perdido. Lo primero que piensas es qué vas a ponerte para esta fiesta inesperada, porque descubres que tú también estás invitado; si tienes tu sonrisa limpia y el alma adecentada, y si aún es posible el viejo anhelo. Luego, quizá pienses que es imposible que algo brote en tu piel regada de cicatrices. Pero, aun así, qué bello es el horizonte para tu tristeza, qué hermosos los ramos para tu silencio, qué blanco el vestido de la dama, cuando parece que vuelve.

sábado, 28 de mayo de 2011

Tarde de mayo



Lloviendo lleva toda la tarde en este mayo saciado de flores y de verdes prodigiosos. Bajo mi ventana, una rosa solitaria soporta estoicamente, cabeceando leve, el agua que cae sobre sus pétalos. Es una lluvia mansa, silenciosa, de esas que dicen que son capaces de pasar con suavidad las hojas del recuerdo. Como hice ayer cuando me refugié entre trastos viejos y telarañas del alma. No hizo falta escarbar muy hondo porque aún está reciente, a pesar del más de un año transcurrido. Unos pocos pasos de la lluvia y ya estabas ahí, como ayer mismo, como el último beso que luego supe de despedida. No recordaba, en cambio, los pequeños tesoros que tuve entre mis manos. Una petaca, una cartilla de un banco, unas viejas carteras llenas de estampas y algún pequeño calendario. De cuando era muy niño, de antes incluso que naciera, tu último año de soltero. Entristecía comprobar cómo esos años, que también serían luz y rosa, eran ahora un viejo papel ajado y amarillo. Así también nuestros nombres. Un día, tras muchas lluvias, serán papel envejecido, vivos quizá en el corazón de alguien, y otro día, tras muchas lluvias más, se disolverán para siempre en el viento. Ha dejado de llover y un tímido sol se ha posado en la rosa, como si una mano invisible y bondadosa intentara rescatarla del agua que arrastra a la descomposición. He ahí nuestra esperanza. Una luz tras las tinieblas, una voz tras el silencio, un corazón amante e infinito que nos rescate de los siglos.

A mi padre

martes, 15 de junio de 2010

Días de junio


“Junio es amigo del sol”, dice una conocida cancioncilla sobre los meses del año. Sin embargo, este año me parece que el mes ha tomado de la diosa Juno tan sólo el nombre. No recuerdo un junio así; ni mi madre, que es mayor, tampoco. Diríase que hubieran cancelado el verano y nos encontráramos ya con los primeros fríos de septiembre, con ese cielo gris y esa lluvia con que se anuncia el otoño.

En el jardín, el gato gris del que hablaba en mi crónica de febrero se ha transformado en un gatazo oscuro, casi negro, con algún toque de amarillo. El gris sigue viniendo, pero parece haber cedido la corona del Beckham a este rival más poderoso, y más sociable, pues no sale como un rayo en cuanto atisba la más mínima presencia humana. Con el único que pone los pies en polvorosa, y aun así sólo cuando se acerca demasiado, es con el Rufo, el auténtico monarca de este sitio, que parece empeñado en llevar hasta sus últimas consecuencias eso de “como el perro y el gato.”

El Rufo. ¿Cuántos años tendrá ya? Ya sé que son catorce, pero ¿a cuántos equivalen de la vida de una persona? Sean los que sean, debe de ser bastante mayor. Y vaya si se nota. Llevo un tiempo que he notado que está un poco teniente, o bastante, que a veces tengo que despertarle con la mano para dar nuestro paseo diario. Quién lo iba a decir. El Rufo, sordo, sin uno de los sentidos que le hacen infinitamente superior al ser humano. Quizá tenga también sus ventajas y este año no salga despavorido cuando tiren los cohetes en las fiestas.

Hace un rato que ha cesado la lluvia escasa y que se han marchado esos negros nubarrones que amenazaban con un diluvio, y ahora luce un sol espléndido. La tarde se ha quedado inmóvil, calmada, y el verde nuevo de los árboles resalta ahora con toda su intensidad, consumada ya la primavera. Algo así debe de ser ese “silencio verde, todo hecho de guitarras destrenzadas”, del que hablaba Gerardo Diego. Otro silencio, además, más intenso que el anterior, se cuela por las ramas de los árboles y penetra hasta el alma. Es el silencio de quien amaba estos árboles y esta luz, y que se ha marchado para siempre. Es el silencio que aún duele y pregunta con la última palabra. Divina esta brisa que dice que algún día continuará la conversación interrumpida.

lunes, 22 de febrero de 2010

Noticias de febrero


“En febrero, busca la sombra el perro”, dice el refrán. “Pero a últimos, que no a primeros”, añadía siempre el abuelo. Pues este año, al paso que llevamos, me parece que vamos a tener que esperar a marzo y los albores de la primavera para buscar esa sombra que ahora parece perpetua en este cielo de cuaresma. No suele fallar “febrerillo el loco” en las previsiones, y a días de calor siempre han sucedido días de frío intenso. Sin embargo, este año la lluvia, el frío y la nieve, como casi todo el invierno, parecen empeñados en que permanezcamos encerrados entre cuatro paredes y una angustia.

Dicen que en algunas partes ya han florecido los almendros; pero como no sea en los ojos de Natalia Vodianova, no comprendo qué lugar mágico puede ser ése. Y no es que me disguste este rumor de la lluvia, estas sílabas que a veces conforman fantasmas del pasado o lugares distantes, pero ya empiezo a echar de menos los anillos del sol en la ventana.

Duerme el Rufo su blanca siesta y en el jardín, hace ya varios días, ha aparecido el primer gato –gris con manchas negras, como estos días- después de que en noviembre se muriera el Beckham. No sabemos de dónde viene, ni si se quedará, pero ya parece saber que en este sitio no le va a faltar la comida, aunque todavía huye como un poseso cuando nota alguna presencia humana. Aún no tiene nombre, así que alguno habrá que buscarle si por fin toma posesión de esta plaza.

La ausencia de nombre, el miedo a que se disuelva, es algo que parece unido al cielo gris de estos días, a la ausencia de una lengua de sol que te bautice al fin de alegría. En este cielo cegado, en unas palabras confundidas por quién sabe qué viento oscuro, siento que el nombre, al menos en unos labios, se me escapa sin remedio, que los momentos pasados a punto están de ser ceniza. El extravío de unos ojos donde siempre te encontrabas. Y mira que podrías encender silencios con ellos...

viernes, 1 de enero de 2010

Glória in excélsis Deo

La luz de las claraboyas realza aún más el blanco de columnas y paredes e inunda el espacio bajo la cúpula, y casi toda la ermita, de una luminosidad transparente, silenciosa, sosegada, como si sólo el espíritu pudiese habitar en ella en fervorosa oración. Los rostros de las tres o cuatro personas que en ese momento ocupan los bancos se encuentran también llenos de esa luz blanca que proviene de lo alto y que parece escribir en ellos las palabras que el alma susurra. La mañana de este treinta de diciembre ha amanecido sorprendentemente clara después de varios días de lluvia y de oscuridad, como si quisiese contribuir al encuentro que a continuación se va a desarrollar. Comienza ya la rondalla el primer villancico, Glória in excélsis Deo, cuando el sacerdote celebrante y su séquito salen de la sacristía. No llegarán a veinte los muchachos que se han colocado en los bancos, los seminaristas que han elegido este día y este pueblo para disfrutar de una jornada de convivencia. Miro sus rostros adolescentes y no puedo dejar de sentir cierta envidia cuando contemplo esa ilusión en ellos, esa vocación a la que se han sentido llamados por una transparencia superior a la de las claraboyas. También siento envidia, por qué no confesarlo, por esos rostros que apenas han abandonado la niñez y que me hacen preguntar por aquel muchacho que un día se fue de mi semblante. Lucen todos el mismo corte de pelo y la misma alegría en sus miradas. Pienso, en un momento de tristeza, que el camino que les resta será largo y difícil y que tal vez algunos no lo consigan, que esa llamada que tan clara escuchan ahora tal vez se pierda en el mundo y sus ruidos. Sin embargo, me conforta pensar que aunque algunos no lleguen a vestir los hábitos sacerdotales no tiene por qué abandonarles jamás esa alegría del rostro, esa luz más allá de la claraboya que a todos nos persigue y a la que todos servimos en la medida de nuestras posibilidades. Entona de nuevo la rondalla un villancico, mientras la luz suave parece posarse ahora sobre el misterio que hay delante del altar. Una luz que parece existir sólo entre las paredes de un templo y que llama al descanso del alma. Una luz que te invita a pronunciar las palabras más íntimas y cuyos átomos parecen girar tan sólo, dulcemente, en el tiempo de lo sagrado.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Tarde de otoño


Me gusta pasear con el Rufo en las puestas de sol y devolver el saludo a la buena gente. Sentir en mi piel el frío, aún no excesivo, de este final de otoño y sonreír con el alma al viento. Contemplar el sol manso sobre las paredes de la ermita y pensar que dentro se esconde otra luz que nunca cesa. El viernes es día de visita al templo, y un desfile pausado de gente se acerca a besar los pies a Jesús Nazareno y a adecentar el alma, en un diálogo cuyas sílabas a veces saltan desde el fondo de los ojos. Mientras, carretera arriba, algunos hombres del campo regresan con el sol y el dolor del día a sus espaldas. Se encienden ya las primeras luces cuando un cielo morado desciende hasta las calles y cierra el día y las palabras.

Y a ti, muchacha, decirte que muchos ocasos como éste nos separan, que algún sueño se perdió en ellos y me dejó sus cicatrices. Que el tiempo es sólo una luna que se enciende con sonrisas como la tuya, y que te amo en esa luz.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Fin de noviembre


Con algo de retraso, pero ya están aquí los primeros fríos, los fríos de verdad. De los árboles del jardín, al olmo apenas le quedan unas cuantas hojas del inmenso globo o sueño amarillo de hace unos días; en cambio, el paraíso aguantará hasta finales de diciembre. Hoy el día está gris, afiladamente gris, con la tristeza bañando el alma y cada cosa, con la luz y su fecha de caducidad a punto de cumplirse. Bajo mi ventana, agoniza el Beckham, el último de una generación de gatos medio callejeros que nos ha acompañado desde que vinimos al pueblo, hace doce años. Lleva ya más de un mes enfermo, con sus mejoras y sus recaídas, pero, para ser sinceros, no creo que pase de esta noche. Creo que es sólo el afecto, las palabras cariñosas con que le llamamos, lo que consigue que se estiren sus horas un poco más. A quien echo de menos es a la lluvia y su rumor oscuro, una mansa lluvia que calme el ansia y esta soledad de la luz, que purifique esta amargura y colme el tiempo con su sueño antiguo. Y mientras tanto el día, a lomos de pequeñas palabras, a punto de marcharse al cielo incierto de las viejas lunas.

Para el Beckham, en el recuerdo.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Puesta de sol


La caída de la tarde, silenciosa, lenta, suavemente inapelable, con ese ángel que parece asomar por el horizonte y ese gemido del alma, con las luces que se marchan y esas otras luces que se encienden en los ojos y en las casas, hora de recogimiento y de oración, de volver a contarle secretos a las cuatro paredes, de perderse en los laberintos del sueño y de pronunciar las palabras que a la vez son vuelo y nuevo día.



Coloca el cursor en la parte superior de la foto del enlace; verás que señala las 6:10 de la tarde. Bájalo lentamente con el ratón, sin presionarlo, y podrás contemplar una puesta de sol en Hong Kong. Gracias, Henar.



miércoles, 15 de julio de 2009

Prodigio en la tarde de julio


Qué excelsa todavía esta luz de julio, que se diría hecha para trazar caminos y horizontes para los ojos y certezas para el espíritu. La tierra presenta ya el aspecto de un campo después de la batalla y la mirada se pierde en los rastrojos amarillos. Es una tierra exhausta, envejecida, como satisfecha de haber entregado un año más en el plazo previsto los dones de su entraña. La luz, que ha experimentado un retroceso apenas perceptible, parece celebrar en cada brillo este fin de curso, lejos aún del declive y el paso acelerado de los días de agosto. Todavía quedan tareas que realizar en el campo, y los brazos y los rostros ennegrecidos seguirán afanándose bajo el sol; pero esos mares de espigas que colmaban el horizonte pertenecen ya al tiempo y a las primeras calles del sueño.

En esta tierra silenciosa, en la que el tiempo parece haberse tomado un descanso en su paso intransigente, nadie esperaría un movimiento y menos un prodigio. Sin embargo, allí estaba, como surgida de un reflejo o de un cielo inesperado, montada en un brioso corcel. Apenas llegaría a quince años, mas ya su melena del color de los rastrojos se desparramaba sobre su espalda. La mirada seria y al frente bajo su gorra de visera, pendiente del control de su montura. Ya se acerca la joven diosa. Demasiada altura y demasiado tiempo entre las dos miradas, demasiados atardeceres que se fueron. Sin embargo, de pronto el prodigio que vence un momento la distancia, el corazón que aflora inesperado, la luz en la luz de una sonrisa.

sábado, 31 de enero de 2009

Cielo de enero

Cómo aprieta hoy el invierno. Hasta las ramas del paraíso, que siempre prolongan sus hojas más allá de diciembre, están a punto de ofrecer su piel desnuda; la fría luz de enero que también busca su lecho. Los ángeles parece que han estado jugando con el carboncillo y han dejado el día más cerrado que de costumbre; se diría que no tiene fin esta condena de invierno. A los pájaros, en cambio, parece no importarles demasiado esta parálisis del tiempo y continúan saltando entre las ramas. Sabedores de que el azul siempre llega, jamás la impaciencia prendió entre sus alas.

Por la tarde ha sido distinto. El cielo se ha abierto un poco y la luz parecía alegrar las distancias. Por los Reyes, lo conocen los bueyes, dice el refrán (y por San Antón, la patita del lechón, añade mi madre), y vaya si se estira esta luz, sobre todo comparada con la de diciembre, con esos días condimentados de ceniza. He vuelto a sacar al Rufo, como cada tarde, y a la misma hora, hace un mes, era ya casi de noche. Qué alegría llevaba hoy y vaya carrera que le he echado cuando subíamos la cuesta, jadeantes hemos llegado los dos arriba. Tampoco viene mal un poco de ejercicio. Uno no es que esté demasiado gordo, pero sí que le gustaría perder unos kilos.

En las afueras del pueblo, casi a campo abierto, vaya si se notaba el frío. Este aire de enero se cuela por el menor resquicio y casi te congela el fondo de los ojos, el último rincón donde quizá habite la esperanza. El cielo volvía a encapotarse a veces y a ratos mostraba las últimas luces del día, el prodigio donde el alma siempre se detiene. A la vuelta, entre los densos nubarrones que cubrían buena parte del pueblo, un espacio de claridad, justo el cielo que envolvía a lo lejos la torre de la iglesia, la sabia luz de la piedra, un descanso para el alma en la orilla de los siglos.

20 de enero