viernes, 16 de septiembre de 2011

Yo fui gigante

Recuerdo que en mi niñez,
alegre más de una vez,
delante de ellos corrí.

FIACRO IRÁYZOZ
"Los gigantes de Pamplona"




Y con ellos también corrí. Con ellos sobre mis hombros, quiero decir. Corriendo en esta ocasión detrás de los niños y asustándolos y soportando a veces sus chanzas, que de todo había. Porque durante muchos años he sacado los gigantes, los gigantones, en las fiestas del pueblo. Durante muchos desfiles me ha tocado bailar al son de la música y el confeti, y dar vueltas y correr de un sitio a otro detrás de la muchachada o retirarme cuando algún infante aún demasiado tierno no comprendía que aquella cabezota que le miraba sólo estaba hecha de cartón piedra y rompía en llanto. Estos días han vuelto a salir a las calles y, aprovechando que esta vez no necesitan mi ayuda para desfilar -y bien que lo siento-, quisiera escribir unas líneas sobre el origen de esta tradición que tanto colorido aporta a las fiestas de nuestro suelo patrio.


No hay que buscar un origen único a los gigantes, ya que nacen en diferentes partes del mundo distantes entre sí, aunque muy posiblemente tengan en común su relación con ceremonias rituales o iniciáticas. Así, podemos encontrar figuras gigantes en la Roma clásica, en las praderas de los indios americanos del siglo XIV o en el África del siglo XV. Se han hallado gigantes o cabezudos en cien países o territorios de todo el mundo. En la actualidad, su entorno alcanza contextos sociales muy diversos, pudiendo hallarlos, por ejemplo, en representaciones festivas o en otras de tipo exclusivamente religioso.


El origen de las figuras gigantes, tal y como las conocemos en la actualidad, debemos buscarlo en ceremoniales religiosos muy antiguos, en los cuales hacen su aparición con el fin de mostrar, por encima de las cabezas de los presentes para así magnificarlo, al ser o dios que representan con su imagen, haciéndolo presente al mismo tiempo mediante danzas y cánticos rituales. En Europa y otros lugares, fueron evolucionando desde estos orígenes, en un contexto de religiones paganas, hacia elementos didácticos y festivos, como cuando eran usados por los juglares y en teatros ambulantes para reforzar sus representaciones, o con su integración en los carnavales.


Sin embargo, esas figuras antiguas eran muy distintas de las actuales, así como la forma en que eran portadas, puesto que comprendían desde una cabeza de madera tallada, situada encima de una vara y con el cuerpo envuelto en una tela, hasta estructuras de paja, sin representar a ninguna imagen específica, que después del ceremonial podían acabar quemadas. Tampoco su evolución, al nacer en distintos lugares del mundo no conectados entre sí, fue la misma en todas partes. Así, por ejemplo, el caballete, el elemento que permite mantener al gigante en toda su altura, incluso cuando no se halla dentro el portador, no se incorporó antes del siglo XII, y rara vez fuera de Europa.


Llegamos al año 1311 en Europa, cuando el papa Clemente V, tras unos años de decaimiento, revitaliza y regula la fiesta del Corpus Christi. Y, a pesar de que no se detalla cómo debe desarrollarse la celebración procesional, ésta pasa a ser en todo el orbe un desfile de elementos religiosos, muchos de ellos sobre "carros triunfales", adaptándolos sin embargo a los intereses de la fiesta. De esta forma, los gigantes, la  tarasca, los cabezudos y todo tipo de fabulario se incorporan a una fiesta que con el paso del tiempo va añadiendo nuevos elementos procedentes sobre todo de las representaciones gremiales. Si a esto añadimos los bailes populares, como la danza de las espadas, nos encontramos con que dicha celebración ejerce una enorme atracción para las clases sociales más bajas, ya que en ella encuentran reflejados muchos de los elementos pertenecientes a sus costumbres y tradiciones.


El origen de la tradición actual en España data de la Edad Media. Así, ya encontramos referencias escritas en 1201 en Pamplona, con tres gigantes que representaban a tres personas de Pamplona: Pero-Suciales (leñador), Mari-Suciales (aldeana) y Jucef-Laucari (judío). Solían salir en la procesión de San Fermín el 25 de septiembre. De aquí pasó la costumbre al reino de Castilla y sobre todo a la Corona de Aragón.


Llegamos al año 1780, cuando se produce en España un hecho importante: la prohibición del desfile de las figuras y de la interpretación de danzas dentro de la procesión del Corpus, puesto que "el pueblo las seguía de forma demasiado festiva y se distraía de la finalidad principal." Aquellos elementos que la Iglesia hizo suyos para fomentar la participación del pueblo en la procesión del Corpus pasaban ahora a ser indeseables y se los eliminaba de la fiesta.


Esto significó el fin para muchos gigantes en nuestro país, que terminaron víctimas del polvo y del olvido, cuando no directamente en la hoguera. Localidades que contaban con una fuerte presencia y protagonismo de las figuras en la procesión, como es el caso de Sevilla, las perdieron para siempre. Sin embargo, en otros lugares no hicieron caso de la prohibición o las situaron unos metros por delante del desfile, con lo que se consiguió mantener viva una tradición que aún perdura hasta nuestros días, adoptando diversas formas de manifestación y enriqueciendo la que quizá pueda considerarse la página más importante de la cultura popular y tradicional en el mundo.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Motivos para la huelga


Aprovechando que hoy comienza el curso en multitud de colegios de toda España, traigo aquí el contrato que le han obligado a firmar a una profesora amiga mía. Anda diciendo no sé qué de una huelga, y me temo que en esta ocasión tenga motivos.

miércoles, 6 de julio de 2011

Atrás



Atrás, más atrás en el tiempo,
por los caminos de la luna
o en recuerdos del viento,
mas no para quebrar
la ley del cielo
o conjugar de nuevo el verbo.
Solamente un instante,
el terrible momento
-rotos al fin los años-
de mirarte a los ojos
y morirme de miedo.


martes, 14 de junio de 2011

Mi apellido: sacerdote

Por encima del narrador, del dramaturgo, del ensayista, del poeta, del periodista autor de miles de artículos, se encontraba el sacerdote. Así lo reconocía poco antes de morir: "Soy, soy, soy sacerdote. Por los siglos de los siglos." Y en un poema suyo escribiría: "Poned sobre mi tumba mi nombre./ Y mi apellido: sacerdote./ Y nada más./ Porque jamás he sido/ ni querido ser/ otra cosa." Nada se entiende en la vida y en la obra de José Luis Martín Descalzo sin esta pasión por el sacerdocio, por Cristo y por su Iglesia. Llaman la atención estas palabras precisamente en un día en el que leo que unos mal llamados sacerdotes, los tristemente famosos curas de la parroquia de San Carlos Borromeo, de Entrevías, en Madrid, profanan de forma permanente el sacramento de la Eucaristía mediante su administración a agnósticos, musulmanes y hasta a algún marciano si pasara por allí. Como si no sufriera bastantes ataques la Iglesia para que encima se la dinamite desde dentro. El pasado día 11 se cumplieron veinte años de la muerte de mi querido y admirado Martín Descalzo. Más de una vez he traído a este blog algún texto suyo. Hoy quiero rendirle un pequeño homenaje con uno de sus poemas, un soneto eucarístico perteneciente a su "Testamento del Pájaro Solitario", libro que fue el más vendido en la Feria del Libro de Madrid del año 91. Espero que os guste.


Alguien delante

¿Quién te sembró, Señor, en los trigales,
quién espió las nubes, quién rezaba
por tu Cuerpo de Pan, cuando se alzaba
la amenaza del sol y sus puñales?

¿Quién envolvió en ternísimos pañales
mis diminutas manos, quién soñaba
al borde de mi cuna y me enseñaba
a hablar del vino y de los cereales?

¿Quién llevó las espigas a mi mano?
¿Quién acercó mi mano a las espigas?
¡Oh, custodiada vida! ¡Oh, caminante
guiado por un soplo sobrehumano!
Ya no sé dónde voy. Manos amigas
me llevan. Voy. Ya voy. Y alguien delante.





sábado, 28 de mayo de 2011

Tarde de mayo



Lloviendo lleva toda la tarde en este mayo saciado de flores y de verdes prodigiosos. Bajo mi ventana, una rosa solitaria soporta estoicamente, cabeceando leve, el agua que cae sobre sus pétalos. Es una lluvia mansa, silenciosa, de esas que dicen que son capaces de pasar con suavidad las hojas del recuerdo. Como hice ayer cuando me refugié entre trastos viejos y telarañas del alma. No hizo falta escarbar muy hondo porque aún está reciente, a pesar del más de un año transcurrido. Unos pocos pasos de la lluvia y ya estabas ahí, como ayer mismo, como el último beso que luego supe de despedida. No recordaba, en cambio, los pequeños tesoros que tuve entre mis manos. Una petaca, una cartilla de un banco, unas viejas carteras llenas de estampas y algún pequeño calendario. De cuando era muy niño, de antes incluso que naciera, tu último año de soltero. Entristecía comprobar cómo esos años, que también serían luz y rosa, eran ahora un viejo papel ajado y amarillo. Así también nuestros nombres. Un día, tras muchas lluvias, serán papel envejecido, vivos quizá en el corazón de alguien, y otro día, tras muchas lluvias más, se disolverán para siempre en el viento. Ha dejado de llover y un tímido sol se ha posado en la rosa, como si una mano invisible y bondadosa intentara rescatarla del agua que arrastra a la descomposición. He ahí nuestra esperanza. Una luz tras las tinieblas, una voz tras el silencio, un corazón amante e infinito que nos rescate de los siglos.

A mi padre

sábado, 30 de abril de 2011

Sobredosis de belleza


-¿Cuándo acabaréis?
-Cuando termine.

Quién no recuerda la deliciosa pugna verbal entre el papa Julio II-Rex Harrison y Miguel Ángel Buonarotti-Charlton Heston en "El tormento y el éxtasis", la película dirigida por Carol Reed en 1965 en la que se narra la gestación de esa obra maestra de la pintura que son los frescos de la Capilla Sixtina. Nos contaba nuestro profesor de Historia del Arte de COU casos de gente que se había desmayado ante semejante sobredosis de belleza, en lo que se conoce como Síndrome de Stendhal, aunque el escritor donde en realidad se desmayó fue en la basílica de la Santa Cruz de Florencia.

No es lo mismo ir a ver una obra de arte que admirarla en la distancia, pero en cualquier caso aquí os ofrezco una visita virtual a la Capilla Sixtina en una presentación que dicen llevó tres años para armarla. Espero que os guste y preparad las sales por si acaso.

entrada



jueves, 31 de marzo de 2011

Vuelta a la infancia


"Legendario Circo Mundial. Dos únicas funciones viernes y sábado a las 19:00 h." El cartel del circo transportaba a Pablo a una infancia que imaginaba situada en las orillas del tiempo, un lugar que suponía para siempre a salvo de las manillas del reloj. Los colores del payaso parecían dar una mano de pintura a los colores desleídos por los años, y las fauces del león despertaban de un letargo un temor infantil que volvía a removerse en su pecho. Hacía tiempo que un circo no visitaba la localidad, y pensó que sería una buena oportunidad para que sus retoños experimentaran las mismas sensaciones que él había sentido de pequeño. Sí, definitivamente lo haría; no esperaría al sábado y asistiría a la primera función, la del viernes, en compañía de sus muchachos.

No sabría decir quién estaba más entusiasmado, si sus hijos, que acudían por primera vez a un espectáculo semejante, o él mismo que volvía a ser niño otra vez, que se adentraba de nuevo en la carpa sagrada de la infancia. Los números circenses se sucedían entre la voz electrizante del maestro de ceremonias, el ojo inquieto de los focos y la entrega de un público que aplaudía a rabiar tras cada una de las actuaciones, a las que consideraba sólo posibles tras un caudal de horas que escapaba con mucho de sus cálculos. Trapecistas y volatineros, payasos y malabaristas lograban convertir en sonrisa el paso raudo de las horas. Por fin, el número que tantos esperaban: los leones. Una ligera inquietud comenzó a embargar el ánimo de Pablo cuando unos empleados comenzaron a montar la jaula que, a pocos metros de donde se encontraban, ocuparían en breves minutos las fieras. Era el miedo que había experimentado de niño, que crecía por momentos, el temor a que, a pesar de lo poco probable del suceso, algún animal se escapase y se abalanzase sobre él; era el Pablo niño que volvía. El rugido de uno de los leones, el más próximo a él y sus hijos, provocó que cerrara con fuerza los ojos en un gesto que, algunas veces de pequeño, le había permitido evadirse momentáneamente de la sensación de peligro. Sin embargo, en esta ocasión, cuando hubo de abrirlos, el miedo que le atenazaba no había retrocedido lo más mínimo: allí seguía frente a la fiera que, con su enorme cabeza y sus ojos sin clemencia, le miraba fijamente, armado tan sólo con una lanza, mientras la multitud gritaba enfervorizada su nombre:
- ¡Paulus, Paulus, Paulus!