martes, 12 de enero de 2010

Nieve

Imperio de silencio
que lentamente
va conquistando todo: tierra, cielo
y hasta el menor resquicio de horizonte.
Cuaderno blanco donde el alma escribe
su secreto y su olvido,
el niño que se fue,
las palomas que no llegaron.
Es espera y escucha,
descanso de pupilas
y del afán de los minutos,
el corazón del viento
que al fin dibuja sus caprichos.

martes, 5 de enero de 2010

La mirada de un niño

Hace años, tal noche como hoy fue una de las más felices de mi vida. Iba por la calle y la gente me miraba con asombro y me saludaba, al mismo tiempo que los niños se quedaban embobados ante mi presencia; yo, por mi parte, les devolvía sonriente los saludos a la vez que dejaba caer sobre ellos una lluvia de caramelos. El cielo, entretanto, contribuía al espectáculo con todas sus luces desplegadas. Bueno, en realidad no era a mí a quien saludaban, como ya habrán adivinado, sino al personaje que representaba. Nada menos que al Rey Melchor. Bien pertrechado contra el frío, esa noche me tocó representar, en compañía de unos amigos, uno de los papeles más gratificantes que le pueden tocar a uno: el de repartidor de ilusiones, de la poca magia que aún queda en este mundo, el papel de los Magos de Oriente.

Casi todo lo hicimos nosotros. La carroza, los ropajes con alguna vieja sábana...; yo mismo me fabriqué unas barbas blancas con algodón y una corona de cartón y papel de platilla que aún deben de rondar por algún rincón de la casa; ya se encargaría la noche de disimular cualquier fallo en nuestra vestimenta. Aquella noche, más que una cabalgata por las luces y miríadas de estrellas, fue una cabalgata por los corazones y el entusiasmo y por ese otro universo que es la mirada de un niño. Todo salió a la perfección y, una vez finalizado el recorrido, fuimos recibidos por las autoridades municipales y por una multitud deseosa de ver de cerca a tan ilustres visitantes.

Sin embargo, lo mejor estaba por venir. Sentados en unos sillones que nos habían preparado a las puertas del ayuntamiento y rodeados por nuestros pajes, era el turno de repartir los juguetes. Comenzaron a acercarse los niños con sus madres, sus padres y..., ¡oh Dios mío!, ¡se lo creían!, los niños se creían que estaban de verdad ante Melchor, Gaspar y Baltasar. Miraban mi rostro, mis barbas, y me estaban diciendo que yo, este simple mortal que ahora escribe estas líneas, era nada menos que el Rey Melchor, toda la noche fingiendo que lo era para luego resultar que era verdad, que en esos momentos yo era realmente para los niños el Rey Melchor; si hasta la niña, un poco mayor que el resto, que era mi paje y me ayudaba con los regalos también se lo creía cuando llegó el momento de entregarle el suyo.

Debido a mi proverbial timidez, sentía cierto temor ese día al contacto con la gente, aunque con los niños siempre me he desenvuelto mejor. Sin embargo, qué fácil fue todo, qué fácil cuando existe auténtica alegría, que fácil cuando se anda por el camino de la pureza, por unas estrellas que de verdad vinieron esa noche a la tierra. Esa noche descubrí que hay muchísimo más placer en dar que en recibir, en entregarse que en esperar todo de los demás, en llevar la ilusión que en que te la despierten. Y todos podemos ser Magos. Con nuestros hijos, nuestros nietos o nuestros sobrinos. Con nuestros padres o nuestros amigos. Con nuestro prójimo de al lado o con el que vive en algún rincón perdido de África. Los Magos siguen existiendo; los llevamos en nuestro interior y no nos damos cuenta. Pero a veces bastan unos ojos asombrados y unas palabras titubeantes, como aquella noche, la mirada pura de un niño, para verlo con claridad.

viernes, 1 de enero de 2010

Glória in excélsis Deo

La luz de las claraboyas realza aún más el blanco de columnas y paredes e inunda el espacio bajo la cúpula, y casi toda la ermita, de una luminosidad transparente, silenciosa, sosegada, como si sólo el espíritu pudiese habitar en ella en fervorosa oración. Los rostros de las tres o cuatro personas que en ese momento ocupan los bancos se encuentran también llenos de esa luz blanca que proviene de lo alto y que parece escribir en ellos las palabras que el alma susurra. La mañana de este treinta de diciembre ha amanecido sorprendentemente clara después de varios días de lluvia y de oscuridad, como si quisiese contribuir al encuentro que a continuación se va a desarrollar. Comienza ya la rondalla el primer villancico, Glória in excélsis Deo, cuando el sacerdote celebrante y su séquito salen de la sacristía. No llegarán a veinte los muchachos que se han colocado en los bancos, los seminaristas que han elegido este día y este pueblo para disfrutar de una jornada de convivencia. Miro sus rostros adolescentes y no puedo dejar de sentir cierta envidia cuando contemplo esa ilusión en ellos, esa vocación a la que se han sentido llamados por una transparencia superior a la de las claraboyas. También siento envidia, por qué no confesarlo, por esos rostros que apenas han abandonado la niñez y que me hacen preguntar por aquel muchacho que un día se fue de mi semblante. Lucen todos el mismo corte de pelo y la misma alegría en sus miradas. Pienso, en un momento de tristeza, que el camino que les resta será largo y difícil y que tal vez algunos no lo consigan, que esa llamada que tan clara escuchan ahora tal vez se pierda en el mundo y sus ruidos. Sin embargo, me conforta pensar que aunque algunos no lleguen a vestir los hábitos sacerdotales no tiene por qué abandonarles jamás esa alegría del rostro, esa luz más allá de la claraboya que a todos nos persigue y a la que todos servimos en la medida de nuestras posibilidades. Entona de nuevo la rondalla un villancico, mientras la luz suave parece posarse ahora sobre el misterio que hay delante del altar. Una luz que parece existir sólo entre las paredes de un templo y que llama al descanso del alma. Una luz que te invita a pronunciar las palabras más íntimas y cuyos átomos parecen girar tan sólo, dulcemente, en el tiempo de lo sagrado.

lunes, 28 de diciembre de 2009

jueves, 24 de diciembre de 2009

La casa de Jesús

Han traído los medios de comunicación estos días la noticia del hallazgo de la primera casa en Nazaret que data de los tiempos de Jesús. Situada a unas decenas de metros de la Basílica de la Anunciación, la construcción estaba formada por dos habitaciones y un patio con una cisterna excavada en piedra donde se almacenaba el agua de la lluvia. Los escasos útiles que se han encontrado son sobre todo fragmentos de cuencos de cerámica de los siglos I y II después de Cristo, además de otros fragmentos de cuencos de yeso, que sólo utilizaban las familias judías por motivos religiosos.

Bien pudiera servirnos este hallazgo para acercarnos, en estos días tan especiales, a ese Niño que nace esta noche. Si los restos encontrados son de la época del Nazareno, bien pudo conocer Jesús la casa en cuestión, e incluso haber estado en ella, quizá por algún recado de su padre, porque jugaba allí con un amigo de la infancia o porque pasó a visitar a un enfermo; o, ya puestos a soñar, acaso nos encontremos ante la mismísima casa del Salvador, ¿por qué no?

En cualquier caso, estas piedras encontradas –enterradas bajo los siglos, de una casa perecedera al fin y al cabo- pueden llevarnos a ese otro templo vivo que sólo tardó tres días en ser levantado cuando los hombres lo destruyeron, a esa otra casa de infinita misericordia que lleva en pie más de dos mil años. Asomémonos a este templo santo y sintamos el vértigo de la Encarnación, asomémonos a esta casa eterna y sintamos por unos instantes el calor del Amor más grande. Porque, si de verdad atisbamos el verdadero sentido de la Navidad, no podemos sentir otra cosa que vértigo y asombro, desconcierto e incomprensión. Góngora intuyó a la perfección su significado cuando escribió eso de “porque hay distancia más inmensa / de Dios a hombre que de hombre a muerto”. Así es. En la cruz, Cristo salta de hombre a muerto (una distancia pequeña, que todo hombre ha de cruzar), mientras que en Belén el salto es infinito, nada menos que de Dios a hombre.

En Navidad, de esta manera, lo Infinito se hace finito, Aquel que no tenía ninguna necesidad de nosotros se viste con nuestras ropas y viene a nuestro encuentro, la criatura desvalida que es el hombre encuentra al fin una casa segura donde cobijarse. Acerquémonos esta noche a ese humilde pesebre para vislumbrar siquiera el Misterio tan grande que nos acaba de suceder. Feliz Navidad.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Nieve sucia


Uno ya no sabe cómo definir lo indefinible, cómo poner nombre a lo que no es merecedor de nombre alguno. De forma magistral lo ha resumido Montoro, como es habitual en él, en su viñeta de ayer de “La Razón”. Porque, efectivamente, lo peor de todo es que sí han votado en conciencia, a ningún diputado se le ha obligado a votar a favor de la nueva Ley del Aborto, y si al final lo han hecho ha sido porque más que su conciencia ha pesado esa prebenda altamente lucrativa que es un escaño de diputado. Me pregunto, ahora que estamos a las puertas de la Navidad, qué es lo que van a celebrar esos congresistas que se llaman cristianos pero que no han dudado en amordazar su conciencia con tal de conservar su canonjía. Si a algo se ha parecido el Congreso estos días, ha sido a un mercado, a un mercado de la muerte en el que, a cambio de unos votos, han entrado en el lote unas cuantas vidas más de inocentes. También estos días hemos podido asistir, problemas derivados al margen, al maravilloso espectáculo de la nieve, a esa alfombra para el alma que son esos infinitos campos nevados que se funden con el horizonte. Qué pena. Con los días tan estupendos que ha habido y algunos no pensando en otra cosa más que en emborronarlos con sucias leyes.


sábado, 12 de diciembre de 2009

Tarde de otoño


Me gusta pasear con el Rufo en las puestas de sol y devolver el saludo a la buena gente. Sentir en mi piel el frío, aún no excesivo, de este final de otoño y sonreír con el alma al viento. Contemplar el sol manso sobre las paredes de la ermita y pensar que dentro se esconde otra luz que nunca cesa. El viernes es día de visita al templo, y un desfile pausado de gente se acerca a besar los pies a Jesús Nazareno y a adecentar el alma, en un diálogo cuyas sílabas a veces saltan desde el fondo de los ojos. Mientras, carretera arriba, algunos hombres del campo regresan con el sol y el dolor del día a sus espaldas. Se encienden ya las primeras luces cuando un cielo morado desciende hasta las calles y cierra el día y las palabras.

Y a ti, muchacha, decirte que muchos ocasos como éste nos separan, que algún sueño se perdió en ellos y me dejó sus cicatrices. Que el tiempo es sólo una luna que se enciende con sonrisas como la tuya, y que te amo en esa luz.