jueves, 14 de mayo de 2009

La primera fotografía de la historia

Hablaba el otro día Cualqui en su artículo sobre la posibilidad de capturar imágenes y sonidos del pasado, y comentaba lo fantástico que sería llegar a conocer el rostro de Platón, Sócrates o del mismo Jesús de Nazaret. Quizá un invento semejante quede todavía lejos de nuestras posibilidades; sin embargo, al poco de leer su escrito me di cuenta de que algo así, si no de la forma que todos pensamos, ya se ha conseguido, y no precisamente por alguna lumbrera de nuestra época. Me estoy refiriendo a la Síndone, la Sábana Santa de Turín, la primera fotografía de la historia.

Fue Secondo Pia, un abogado italiano cuya verdadera pasión era la fotografía, quien tuvo la oportunidad de fotografiar por primera vez la que Pablo VI consideraba como “la reliquia más importante de toda la historia de la cristiandad”. En 1898, con motivo de las bodas del futuro rey Víctor Manuel II con Elena de Montenegro, iba a tener lugar una ostensión de la reliquia por la que llegarían a pasar cerca de 90.000 personas. A través del barón de Manno, y después de vencer algunos reparos iniciales que consideraban poco respetuoso la realización de una fotografía del sagrado lienzo, Secondo Pia obtuvo por fin el permiso del rey Humberto I.

La ostensión de la Síndone comenzaba en la mañana del 25 de mayo y se cerraba la tarde del 2 de junio. Secondo Pia, tras examinar el programa de acontecimientos, se dio cuenta de que tenía sólo dos oportunidades para realizar sus fotografías. La primera, después del mediodía del 25 de mayo, y la segunda, en la tarde del día 28. El principal obstáculo con que se encontraba para su tarea era la escasa luz del templo, la catedral de San Juan Evangelista. En aquella época, ni la catedral ni la ciudad de Turín disponían de luz eléctrica, por lo que se vio obligado a montar dos focos con sus propios generadores de electricidad.

El primer intento resultó fallido. La emisión de luz se producía de forma irregular y los filtros que preparó habían estallado por el calor de los focos. En el segundo intento, a pesar de nuevas dificultades como la colocación sobre la Sábana del grueso cristal que le servía de protección, consiguió por fin su propósito. Al menos había podido exponer las dos placas que llevaba –la primera 14 minutos y la segunda 20- para que registrasen la venerada imagen. Ahora quedaba sólo comprobar los resultados.

A solas en su cámara oscura, iluminada tan sólo por una lucecita roja, comenzó a retirar las enormes placas de la solución de oxalato de hierro en la que se encontraban... Lanzó un suspiro de alivio: algo al menos se veía, pero todavía no sabía qué. Por fin pudo distinguir la parte superior del altar y, sobre él, el imponente marco que contenía la reliquia. Al observar la mancha que se correspondía con el cuerpo, se dio cuenta de que ésta adquiría un aspecto totalmente insospechado; observó su rostro y se dio cuenta de que aquella figura con los ojos cerrados por la muerte era real. Aquél era el auténtico rostro de Jesús de Nazaret, y Secondo Pia, el primer ser humano que lo contemplaba después de diecinueve siglos.

Su descubrimiento significaba que la figura que aparecía en el lienzo era un “negativo” fotográfico en tamaño natural; por esta razón, la placa negativa del abogado se había convertido en un retrato en positivo. Si nosotros hacemos una foto, lo primero que obtenemos en nuestra cámara es el negativo del motivo fotografiado; pero si lo que fotografiamos es un negativo, el negativo nuestro se convierte en realidad en un positivo, donde podemos observar la imagen tal como es, y no con los colores invertidos, lo blanco en negro y viceversa.

En las imágenes siguientes podemos observar el rostro de la Sábana tal como aparece a simple vista y el rostro, convertido en positivo, en el negativo de la foto.


La cara que aparece en la Sábana Santa es un rostro deforme, con las huellas de la Pasión reflejadas en él, correspondiente a un varón de aproximadamente 1,80 metros de estatura. Sin embargo, nos llena de emoción porque sabemos, casi con total seguridad, que nos encontramos ante el rostro verdadero de Cristo, el mismo que vieron su madre o sus apóstoles. A partir de esta imagen, en una tarea similar a la de la policía cuando hace una foto-robot, podemos reconstruir el rostro que Jesús tenía en vida. Es lo que hizo Bruner, el fotógrafo pontificio, o Ariel Aggemian en un retrato que creo que conoce todo el mundo. Bruner nos presenta un rostro de una majestad, de una grandiosidad, de una nobleza, de una unción, de una serenidad, de una amabilidad, de una bondad, de una dulzura y, al mismo tiempo, de una enorme virilidad. Según palabras del doctor Gregorio Marañón, “así debió de ser el rostro del varón perfecto”.

Las posibilidades de que estemos ante el verdadero rostro del Nazareno son verdaderamente altísimas; nos encontramos nada menos que, si tenemos en cuenta todas las características que hacen peculiar esta tela, con una probabilidad frente a doscientos mil millones de que el hombre de la Sábana no sea el mismo Jesús de Nazaret de los evangelios. Por otra parte, a los que piensan que la Síndone es una falsificación de la Edad Media habría que preguntarles que quién se iba a molestar en pintar un negativo en esa época, siglos antes de que se inventara la fotografía, y en una tela, además, en la que no se ha encontrado ningún rastro de pintura. A día de hoy, no sabemos cómo se formó la imagen. Pero ésta es otra historia que nos llevaría mucho tiempo.

En las imágenes de abajo podemos ver las reconstrucciones de Bruner y de Aggemian.
















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