Hojeando los periódicos atrasados por las fiestas, me entero del fallecimiento, a los 67 años, del poeta Diego Jesús Jiménez. Sólo conozco un libro suyo, Itinerario para náufragos (1996), pero me ha bastado para tenerle como uno de mis poetas favoritos de los últimos años. Su obra poética, inclasificable, se encuentra al margen de las corrientes estéticas de los últimos tiempos, sin que por ello deje de estar considerado como uno de los pocos autores fundamentales de su generación y, por lo tanto, del último medio siglo.En su obra, podemos distinguir tres momentos bien diferenciados: una primera etapa juvenil, de formación y búsqueda, en la que se encuentran sus tres primeros libros: Grito con carne y lluvia (1961), La valija (1962) y Ámbitos de entonces (1963); una segunda etapa, de madurez expresiva, con La ciudad (1965, Premio Adonais 1964) y Coro de ánimas (1967, Premio Nacional de Poesía 1968); y una etapa de plenitud, con Fiesta en la oscuridad (1976), Bajorrelieve (1990, Premio Hispanoamericano de Poesía Premio Juan Ramón Jiménez) e Itinerario para náufragos (1996), con el que obtuvo el Premio Gil de Biedma, el Premio de la Crítica y, de nuevo, el Premio Nacional de Poesía.
Diego Jesús Jiménez nos ofrece en su poesía una visión del mundo centrada en el perpetuo
misterio de la vida. Sin embargo, a él no le interesaba descifrar este misterio, sino “plantearlo, mostrarlo, nadar en él, vivir en él sabiendo la imposibilidad de desvelarlo a través del arte”. De ahí su escepticismo con respecto a las posibilidades de la palabra para conocer la realidad. Y es que, según decía, la labor del poeta no es conocer la verdad, sino soñarla. El resultado es una poesía hondamente reflexiva, crítica y desmitificadora, pero que, al mismo tiempo, es un canto a los “desheredados, los fracasados, las víctimas de la Historia o de cualquier historia”. Ofrezco, como homenaje, su poema “Espacio para un sueño”, con el que abre el Itinerario para náufragos antes mencionado.ESPACIO PARA UN SUEÑO
Escondido repite,
por cipreses y yedras, un pájaro su canto.
Celebra la mirada
una batalla con el tiempo esta tarde de otoño
incendiada de nieblas. Y pensando en la Historia
-una nube de polvo en el paisaje,
las piedras estañadas por los tonos azules
que ha dejado la lluvia en las almenas- ves derramarse el tiempo.
En la antigua arquería, los fragmentos
de una inscripción indescifrable, poco a poco, se han ido convirtiendo
en pequeños reptiles disecados: belleza aniquilada
que aún deslumbra a tus ojos. Es el tiempo
que, como los ríos, huye
-rehén de sus espejos-, al obsesivo espacio de cuanto no ha vivido.
Si debemos morir, ¿por qué la vida,
sobre cualquier lugar de la memoria, continúa esperándonos?
Aletargados por el sol, decoran el silencio
cuantos signos contemplas.
Tan sólo purifica
la calma vegetal que respiras, el canto del jilguero
que la enramada oculta. Así habitas su edad
llena de sufrimiento; la geometría invisible de su música eterna.
Los malvarreales, centinelas de acequias
y de ruinas, la claridad de humo
de esta tarde de octubre, edifican el reino que contemplas.
No sabes ya si vives,
o si sueñas o has muerto y no te has dado cuenta. En sus altares
lo irremediable de la Historia es venerado. Nace de las orillas de un infinito [océano
la luz cansada de cuanto te deslumbra. No otra cosa difunde
su corazón ahora, que no sea la muerte
que continúa latiendo.
DIEGO JESÚS JIMÉNEZ
No hay comentarios:
Publicar un comentario