
Leo que “Un perturbado ataca el Jesús del Gran Poder de Sevilla y le arranca un brazo”, y no puedo evitar pensar en el inquilino de la Moncloa. Luego compruebo que no, que se trata de un funcionario de prisiones de la cárcel de Huelva, de 37 años, que al parecer tiene alteradas sus facultades mentales y se cree nada menos que Jesucristo.
Algo tendrá nuestro presidente para acordarme de él al leer la noticia. Hay un libro que se llama “El iluminado de la Moncloa”, de Pío Moa, y el otro día César Vidal comentaba que a veces le daba la impresión de que Zapatero no se encontraba muy bien de la cabeza, después de aconsejar al Primer Ministro británico que emprendiera cuanto antes las reformas económicas necesarias para salir de la crisis. Así que parece ser que no soy el único en asociar su nombre al de un perturbado. Pero no es, como decía antes, Zapatero el autor de esta agresión a la venerada imagen sevillana que, por fortuna, no ha sufrido daños de gran consideración y volverá a estar expuesta al culto en pocos días.
Me doy cuenta, sin embargo, de que Zapatero quizá no sea el autor del atentado al Jesús del Gran Poder, pero sí de otras acciones por las que muy bien podría ser tildado con el calificativo de perturbado. Porque desde luego hace falta ser perturbado para, bajo el amparo de una ley como la de Memoria Histórica, provocar de nuevo el enfrentamiento entre españoles reabriendo las heridas de la Guerra Civil. O hace falta ser también perturbado para intentar cambiar de la noche a la mañana las tradiciones religiosas de todo un pueblo, como lo sucedido en el Corpus de Toledo hace unas semanas o con la nueva Ley de Libertad Religiosa que se avecina. Por no hablar de que es prácticamente imposible que reconozca su inutilidad para sacarnos de la crisis y marcharse así de donde nunca debió haber llegado, o de esa ley demencial que pretende convertir en un derecho el asesinato de niños inocentes; no me extraña que luego se quejen del descenso de la natalidad.
El perturbado de Sevilla al menos se encuentra en observación psiquiátrica; en cambio, el perturbado que nos gobierna continúa en su sitio y prácticamente no hay día que no haga alguna de las suyas. Todo un país con el alma en vilo esperando a ver hacia dónde se dirige el próximo disparo, o en la esperanza de que al menos los Obamas o las Angelas Merkel de turno pongan un poco de remedio a su solemne incapacidad.
Algo tendrá nuestro presidente para acordarme de él al leer la noticia. Hay un libro que se llama “El iluminado de la Moncloa”, de Pío Moa, y el otro día César Vidal comentaba que a veces le daba la impresión de que Zapatero no se encontraba muy bien de la cabeza, después de aconsejar al Primer Ministro británico que emprendiera cuanto antes las reformas económicas necesarias para salir de la crisis. Así que parece ser que no soy el único en asociar su nombre al de un perturbado. Pero no es, como decía antes, Zapatero el autor de esta agresión a la venerada imagen sevillana que, por fortuna, no ha sufrido daños de gran consideración y volverá a estar expuesta al culto en pocos días.
Me doy cuenta, sin embargo, de que Zapatero quizá no sea el autor del atentado al Jesús del Gran Poder, pero sí de otras acciones por las que muy bien podría ser tildado con el calificativo de perturbado. Porque desde luego hace falta ser perturbado para, bajo el amparo de una ley como la de Memoria Histórica, provocar de nuevo el enfrentamiento entre españoles reabriendo las heridas de la Guerra Civil. O hace falta ser también perturbado para intentar cambiar de la noche a la mañana las tradiciones religiosas de todo un pueblo, como lo sucedido en el Corpus de Toledo hace unas semanas o con la nueva Ley de Libertad Religiosa que se avecina. Por no hablar de que es prácticamente imposible que reconozca su inutilidad para sacarnos de la crisis y marcharse así de donde nunca debió haber llegado, o de esa ley demencial que pretende convertir en un derecho el asesinato de niños inocentes; no me extraña que luego se quejen del descenso de la natalidad.
El perturbado de Sevilla al menos se encuentra en observación psiquiátrica; en cambio, el perturbado que nos gobierna continúa en su sitio y prácticamente no hay día que no haga alguna de las suyas. Todo un país con el alma en vilo esperando a ver hacia dónde se dirige el próximo disparo, o en la esperanza de que al menos los Obamas o las Angelas Merkel de turno pongan un poco de remedio a su solemne incapacidad.
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