sábado, 26 de junio de 2010

El origen de "La Roja"


Creo que era al amigo Lucio al que le comentaba hace unos días que la primera vez que oí eso de “La Roja” fue en labios del anterior seleccionador, Luis Aragonés, por lo que pudiera éste ser su origen. Al parecer estaba en lo cierto. El pasado domingo leía en las páginas de “La Razón” digital unas declaraciones suyas, al poco de llegar al cargo, en las que decía que le gustaría “que la selección tuviera un nombre, una identidad. Igual que Brasil es la canarinha o Argentina la albiceleste, me gustaría que España fuera La Roja”.

No tiene, por tanto, este término connotaciones políticas. Igual que Uruguay es la celeste, Italia la azzurra, o Francia “les bleus", “La Roja” sólo alude al color de la camiseta, aunque el nombre haya calado sobre todo en los medios prisaicos. Pretendía Luis con esto conseguir una mayor identificación de la afición con el equipo de todos los españoles, y razones creo que no le faltaban. A mí me da envidia ver cómo en otros países el primer equipo de todos es la selección nacional. Aquí no. Aquí el primer equipo es el Madrid, el Barça o el Alcoyano, que ya hay que tener moral para esto último.

Hasta hace poco, a España se la conocía como “La Furia”, un apelativo que nació en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920 cuando, en un partido contra Suecia, Belauste, al grito de “A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo”, pedía el balón con el que conseguiría el primer gol de una remontada que se había puesto muy difícil. Y en algunos lugares de Hispanoamérica se la conoce como “La Furia Roja”, una denominación que ayuda a distinguirla de la selección chilena, nuestro rival de ayer, que reclama para ella sola el sobrenombre de “La Roja”.

La verdad es que, viendo ahora la añada de nuestra selección, formada en buena parte por jugadores técnicos y no demasiado fuertes, no parece que nos cuadre mucho eso de “La Furia”, algo que sí definía bien a los Camacho, Maceda o Gordillo de otro tiempo, aunque esto es algo que va por épocas. En cualquier caso, seamos “La Roja”, “La Rojigualda”, “La Furia”, o como quiera que se nos llame, lo importante es que España sea el equipo de todos y reciba nuestro apoyo. Y que ganemos, a ser posible.

jueves, 24 de junio de 2010

El perturbado


Leo que “Un perturbado ataca el Jesús del Gran Poder de Sevilla y le arranca un brazo”, y no puedo evitar pensar en el inquilino de la Moncloa. Luego compruebo que no, que se trata de un funcionario de prisiones de la cárcel de Huelva, de 37 años, que al parecer tiene alteradas sus facultades mentales y se cree nada menos que Jesucristo.

Algo tendrá nuestro presidente para acordarme de él al leer la noticia. Hay un libro que se llama “El iluminado de la Moncloa”, de Pío Moa, y el otro día César Vidal comentaba que a veces le daba la impresión de que Zapatero no se encontraba muy bien de la cabeza, después de aconsejar al Primer Ministro británico que emprendiera cuanto antes las reformas económicas necesarias para salir de la crisis. Así que parece ser que no soy el único en asociar su nombre al de un perturbado. Pero no es, como decía antes, Zapatero el autor de esta agresión a la venerada imagen sevillana que, por fortuna, no ha sufrido daños de gran consideración y volverá a estar expuesta al culto en pocos días.

Me doy cuenta, sin embargo, de que Zapatero quizá no sea el autor del atentado al Jesús del Gran Poder, pero sí de otras acciones por las que muy bien podría ser tildado con el calificativo de perturbado. Porque desde luego hace falta ser perturbado para, bajo el amparo de una ley como la de Memoria Histórica, provocar de nuevo el enfrentamiento entre españoles reabriendo las heridas de la Guerra Civil. O hace falta ser también perturbado para intentar cambiar de la noche a la mañana las tradiciones religiosas de todo un pueblo, como lo sucedido en el Corpus de Toledo hace unas semanas o con la nueva Ley de Libertad Religiosa que se avecina. Por no hablar de que es prácticamente imposible que reconozca su inutilidad para sacarnos de la crisis y marcharse así de donde nunca debió haber llegado, o de esa ley demencial que pretende convertir en un derecho el asesinato de niños inocentes; no me extraña que luego se quejen del descenso de la natalidad.

El perturbado de Sevilla al menos se encuentra en observación psiquiátrica; en cambio, el perturbado que nos gobierna continúa en su sitio y prácticamente no hay día que no haga alguna de las suyas. Todo un país con el alma en vilo esperando a ver hacia dónde se dirige el próximo disparo, o en la esperanza de que al menos los Obamas o las Angelas Merkel de turno pongan un poco de remedio a su solemne incapacidad.

martes, 15 de junio de 2010

Días de junio


“Junio es amigo del sol”, dice una conocida cancioncilla sobre los meses del año. Sin embargo, este año me parece que el mes ha tomado de la diosa Juno tan sólo el nombre. No recuerdo un junio así; ni mi madre, que es mayor, tampoco. Diríase que hubieran cancelado el verano y nos encontráramos ya con los primeros fríos de septiembre, con ese cielo gris y esa lluvia con que se anuncia el otoño.

En el jardín, el gato gris del que hablaba en mi crónica de febrero se ha transformado en un gatazo oscuro, casi negro, con algún toque de amarillo. El gris sigue viniendo, pero parece haber cedido la corona del Beckham a este rival más poderoso, y más sociable, pues no sale como un rayo en cuanto atisba la más mínima presencia humana. Con el único que pone los pies en polvorosa, y aun así sólo cuando se acerca demasiado, es con el Rufo, el auténtico monarca de este sitio, que parece empeñado en llevar hasta sus últimas consecuencias eso de “como el perro y el gato.”

El Rufo. ¿Cuántos años tendrá ya? Ya sé que son catorce, pero ¿a cuántos equivalen de la vida de una persona? Sean los que sean, debe de ser bastante mayor. Y vaya si se nota. Llevo un tiempo que he notado que está un poco teniente, o bastante, que a veces tengo que despertarle con la mano para dar nuestro paseo diario. Quién lo iba a decir. El Rufo, sordo, sin uno de los sentidos que le hacen infinitamente superior al ser humano. Quizá tenga también sus ventajas y este año no salga despavorido cuando tiren los cohetes en las fiestas.

Hace un rato que ha cesado la lluvia escasa y que se han marchado esos negros nubarrones que amenazaban con un diluvio, y ahora luce un sol espléndido. La tarde se ha quedado inmóvil, calmada, y el verde nuevo de los árboles resalta ahora con toda su intensidad, consumada ya la primavera. Algo así debe de ser ese “silencio verde, todo hecho de guitarras destrenzadas”, del que hablaba Gerardo Diego. Otro silencio, además, más intenso que el anterior, se cuela por las ramas de los árboles y penetra hasta el alma. Es el silencio de quien amaba estos árboles y esta luz, y que se ha marchado para siempre. Es el silencio que aún duele y pregunta con la última palabra. Divina esta brisa que dice que algún día continuará la conversación interrumpida.

viernes, 21 de mayo de 2010

A los leones

Parece que no han bastado funcionarios, pensionistas y personas dependientes para saciar el hambre que la incompetencia de la casta gobernante ha provocado en los leones de la crisis, y ya han surgido voces sugiriéndole a Nerón el viejo truco, que vuelva a echar a la arena a los de siempre: los cristianos. Si hace unos días era Tomás Gómez, el secretario general de los socialistas madrileños, quien abogaba por que la Iglesia católica renunciara de manera voluntaria a parte de lo que recibe por la Declaración de la Renta para colaborar, según él, en la lucha contra la crisis, ahora ha sido el eximio pensador José Blanco quien ha especulado con la desaparición de la casilla de la Iglesia del IRPF. Sostiene el ilustre estadista que la Iglesia se lleva la mayor parte de las ayudas que el Gobierno concede a las instituciones, incluidos los partidos políticos, los sindicatos y las ayudas sociales. “Podemos suprimir la casilla de la Iglesia católica –ha manifestado- y sólo quedaba para gasto social, por tanto podía ser una idea, no la estoy proponiendo, pero lo digo porque a veces se juega demasiado con el populismo y la demagogia.” Pues mire usted quién fue a hablar de populismo y demagogia, don José. Frente a estas palabras, sólo cabe recordarle a esta gente lo más elemental, como ha hecho monseñor Braulio Rodríguez, arzobispo de Toledo: “El sistema que tenemos en la Conferencia Episcopal es de asignación voluntaria, no es ningún impuesto. La gestión es del Estado, pero son los fieles, o los que no lo son, quienes ponen esa crucecita; por lo tanto la aportación es libre.” Además, claro, de poner de manifiesto una vez más la ingente labor social y educativa que la Iglesia lleva a cabo, con instituciones como Cáritas, por la que mucha gente que no es creyente no duda en marcar también esta casilla, y sin la cual el Estado tendría poco menos que echar el cierre.


sábado, 15 de mayo de 2010

La pista de tenis


Cuando llegaba el verano, nos acercábamos a alguna de las eras del pueblo y trazábamos sobre ella una pista de tenis. En aquella época todavía se trillaba alguna vez la mies, y, aunque irregular en algunas zonas de su superficie, la tierra aplanada devolvía casi siempre el bote de la pelota. Quizá fuesen un poco rudimentarios nuestros métodos, pero solían resultar bastante efectivos. Una cuerda estirada sobre el suelo, a lo largo de ella un poco de yeso, y ya teníamos unas líneas que, en más de una ocasión desajustadas por alguno de sus ángulos, dibujaban una pista de tenis con sus medidas reglamentarias.

Algo más complicado resultaba fabricar la red, como tuvimos ocasión de comprobar. No nos sirvió la primera de todas, una que cosimos con unos sacos de abono de plástico y a la que tuvimos que decir adiós en cuanto se levantó la primera ventolera. Por fin, no recuerdo si porque lo vimos a otros muchachos o porque alguien nos lo sopló, dimos con el remedio adecuado: una vieja red de las olivas, de las que se usaban para recoger las aceitunas, resultó justo lo que necesitábamos para nuestros propósitos. Cortada y cosida como una franja horizontal, tensada por una cuerda que se introducía en un pliegue de su parte superior y que era atada a dos viejos barrotes de cortina, uno en cada extremo, y a otros que jalonaban sus once o doce metros de longitud, fijos a su vez en unos tubos de hierro incrustados en el suelo que habíamos conseguido que nos regalaran en la fragua, podía pasar por una red de verdad, de las que usan los tenistas profesionales.

Cada día, sobre las siete de la tarde, a veces antes, arramblábamos con raquetas, red y palos en las bicis y nos acercábamos a la era para montar nuestro pequeño Wimbledon particular en el que, a falta de juez de línea, era el ojo, o en su defecto una breve discusión, el que resolvía si la bola había entrado o no. Sospecho que nadie que nos viera jugar hubiese afirmado que éramos poseedores de una técnica depurada, pues sucedía a menudo que, tras uno de esos raquetazos en los que empleábamos más el corazón que la cabeza, perdíamos más tiempo yendo a por la pelota que en el desarrollo del juego, por no hablar de cuando quedaba aburrida en algún tejado próximo, circunstancia ésta que marcaba el fin del juego cuando no teníamos pelotas de repuesto.

Con todo, no puede decirse que lo pasáramos mal en los partidos. Oculto el rostro bajo unas gorras de visera que nos defendían del sol letal de julio y agosto, las horas transcurrían plácidamente sin más sobresaltos que si la pelota había botado dentro o fuera, con nuestros descansos para beber de un agua que acababa siempre como las babas y alguna mirada a un horizonte que se negaba a desaparecer de nuestra vista. La tarde se asemejaba entonces un fósforo cuya llama no se extinguiese y a un enorme árbol de una sombra tan intensa como el cariño de los padres, cuya compañía imaginábamos para siempre. Nada nos hacía sospechar de la existencia de esos lugares oscuros llamados tanatorios, y que el tiempo se apresurase un día en alcanzar un destino que nunca supusimos tan cercano.

martes, 4 de mayo de 2010

Sin nosotros en vuestro vuelo


Te crees que van a vivir siempre, pero no es así. Te crees que vas a gozar siempre de su presencia, que van a estar siempre ahí para sacarte las castañas del fuego, pero tarde o temprano te das cuenta de tu error. Y no es que en el fondo no lo supieras, pero te niegas a aceptarlo, te niegas a aceptar que esa persona que es vida para ti, que te ha transmitido la vida, tenga un día que desaparecer.

Y sin embargo, la idea de separación, de alejamiento de aquellos que nos dieron el ser físico, mucho antes de que se produzca la separación definitiva, ya está inscrita en nuestros genes desde el comienzo. Así nos lo dice la Biblia cuando afirma que “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Gén 2, 24; Mt 19, 5; Mc 10, 7). Y santa Teresa de Jesús, cuando pone en boca de los padres: “Os damos alas para volar y después os pedimos que os alejéis con ellas en vuestro vuelo, os damos vida para vivir y después os suplicamos que la viváis sin nuestra vida.” Una ley de vida que puede parecer cruel en un principio, pero que se acepta y se desea finalmente de buen grado para dejar su curso a la naturaleza: “Aún así, es nuestro gran anhelo veros sin nosotros en vuestro vuelo.”

Así está escrito desde que el mundo es mundo y así sucederá hasta el final de los tiempos: la carne sucederá a la carne para acompañar al sol en su peregrinaje por el universo. Hubo una vez un niño que cuando comprendió la ley de la separación definitiva, es decir, el tiempo, se puso a llorar desconsoladamente debajo de una mesa. En su ingenuidad, creyó a sus progenitores cuando le consolaban diciéndole que aún faltaba mucho para ese momento. Hoy, ese niño ha regresado, y vuelve a llorar sin consuelo porque se ha cumplido el plazo, el fin de un sueño bajo el sol. Sin embargo, su mirada dolorida no se detiene en ningún punto en concreto y se pierde lejos, mucho más lejos del horizonte, allí donde quizá el tiempo, al fin desarmado, no pueda con sus hojas configurar el olvido.

A mi padre,
en el recuerdo.

martes, 27 de abril de 2010

La más hermosa de las naciones


Celebramos ayer, 26 de abril, la festividad de San Isidoro de Sevilla, obispo y doctor de la Iglesia, patrón de la Facultad de Filosofía y Letras, además de Internet y de los internautas. En unos tiempos en los que se niega a España su existencia como nación, o se le otorga esta condición en una fecha bastante tardía, me gustaría traer hoy un texto suyo donde la conciencia de españolidad aparece de forma meridiana. Fue la época visigoda un período en el que, tras el hundimiento del imperio romano, los habitantes de la península comenzaron a considerarse miembros de una nación independiente, ya no vinculada a imperio alguno, y a la cual daban el viejo nombre romano: Hispania, España. He aquí lo que escribió el autor de las Etimologías:

¡Oh España! La más hermosa de todas las naciones que se extienden desde Occidente hasta la India. Tierra bendita y feliz, madre de muchos pueblos... de ti reciben la luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el orbe; tú, el país más ilustre del globo... No hay en el mundo región mejor situada. Ni te abrasa el estío ni te hiela el rigor del invierno sino que, circundada por un clima templado, te nutren céfiros blandos. Cuanto hay de fecundo en los ejidos, de precioso en las minas y de provechoso en los animales, tú lo produces... Rica, por lo tanto, en hijos, joyas y púrpuras, fecunda también en gobernantes y en hombres que poseen el don de mandar, te muestras tan fecunda en adornar príncipes como feliz en producirlos. Con razón, ya hace mucho tiempo, te deseó la dorada Roma, cabeza de gentes, y, aunque vencedor, aquel empuje romano te desposara primero, luego, el muy floreciente pueblo de los godos, tras haber conseguido numerosas victorias, a su vez te tomó y te amó...