miércoles, 21 de marzo de 2012

Quédate con el cambio


EN LA PANADERÍA
 
Buenos días.

Quería medio kilo de luz de tus ojos. No la de los lunes, sino esa del universo que traes a veces, ya sabes.

Cuarto de sonrisa. No me llevo más porque de esto voy cargado todos los días.

También, cinco segundos de roce de tus manos, si puede ser. Es tan poco lo de cada día al darme el cambio que no sé si tendrás existencias.

Por último, echa un poco más en la bolsa de las palabras, además del "hola" y el "hasta luego" de siempre. No, no importa que sean sobre el tiempo o sobre si hay sitio para aparcar, me conformo con poco.

Te pediría también ese beso de chocolate de la vitrina, y quizá aquel roscón de abrazo, pero el médico me ha diagnosticado una dolencia del corazón, no recuerdo cómo la ha llamado, y me ha dicho que tenga cuidado con esta clase de alimentos. Puede que incluso lo que me llevo hoy sea mortal para mí. Pero no importa.

Como no tengo suelto, te doy todos los segundos de hoy, de mañana y del resto de mi vida. Quédate con el cambio.

martes, 28 de febrero de 2012

Pasaba por aquí


No sé muy bien qué decirte. Hace casi tres años pasaste por mi tierra triste y cansada y la llenaste de pájaros y extravíos, la prisionera ilusión de quien sabe que nunca podrá mirarte a los ojos. Luego, como el resto de astros, proseguiste tu órbita hacia quién sabe qué cielos o silencios infinitos. Hoy me he atrevido a mirarte de nuevo para felicitarte por tu cumpleaños. No sé los que cumples, aunque lo suponga. Tampoco importa demasiado, porque he visto que sigues conservando ese aire de eterna Lolita. Quizá tampoco importen estas palabras que no conocerás, un silencio en la noche o un susurro en la lluvia. Pero pasaba por aquí y eran lo único que tenía.

A Natalia Vodianova,
Muchísimas felicidades.

martes, 31 de enero de 2012

¿Qué delito?



¿Qué delito cometí
escribiéndote unos versos,

si una esquina en tu universo
solamente pretendí?


A los ojos que yo vi
pronto quise ser converso,

a su fe, a tu rostro terso

donde ciego me perdí.


Dime entonces si es pecado

cantar a un rostro bonito

para al sol poner candado,


y en mi silencio, contrito,
tan sólo diré apenado
que mirarte es un delito.

viernes, 23 de diciembre de 2011

El misterio del dolor

 ¿Por qué una persona lleva estudiando y trabajando toda su vida para conseguir una meta y, cuando cree que la ha conseguido, se desmorona todo como un castillo de naipes de la noche a la mañana? ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate en un coche la víspera de su boda, dejando destruidos a todos los suyos? ¿Por qué, de igual forma, un feliz  padre de familia abandona a los suyos tras una cruel y rápida enfermedad?  ¿Por qué sufro yo? ¿Qué he hecho yo para merecer mi enfermedad o mi abandono? ¿Qué culpa tienen los niños inocentes? Son preguntas que todos nos hacemos y ante las cuales es difícil encontrar una respuesta. Y es que el dolor es un misterio al cual hay que acercarse "como uno se acerca a la zarza ardiente: con los pies descalzos, con respeto y pudor." Podemos intentar una aproximación a este problema y encontrar quizás algunas respuestas parciales, que seguramente nos abrirán otras preguntas, porque la respuesta última nunca la tendremos, porque "después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe."

Decía Juan Pablo II, en su encíclica sobre el dolor, que "el sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones." Y Benedicto XVI, a las preguntas de una niña japonesa que sufrió el terremoto que asoló el pasado mes de marzo su país, respondía con otra pregunta: "También yo me pregunto: ¿por qué es así?, ¿por qué vosotros tenéis que sufrir tanto mientras otros viven cómodamente?" Aunque, como es lógico, encontraba en el dolor la oportunidad de encontrar a Jesús: "Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado."

A este misterio del dolor intenta acercarse José Luis Martín Descalzo en su libro "Razones para iluminar la enfermedad" (Ediciones Sígueme, Salamanca 2009), que tengo entre mis manos, una recopilación de artículos que ya vieron la luz en la prensa en su momento o en diversos libros que los recogían y que ahora, con una temática común, aparecen reunidos en un pequeño volumen que debiera ser del interés de todos, porque nadie se encuentra inmune al dolor, y que me permito recomendar. No sólo aborda en él el problema del dolor ajeno, sino también el suyo propio, el que experimentó en los últimos ocho años de su vida. El dolor, que llama a todas las puertas y que eleva o aniquila, que oscurece los semblantes o ilumina corazones, herencia que tarde o temprano habremos de aceptar sin remedio. El dolor, ese compañero de viaje no deseado pero que tal vez nos enseñe algún camino con su áspera palabra.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Los pecados del César


Me decepciona, don César. Tanto doctorado y licenciatura para al final acabar haciendo... un panfleto protestante. Hasta ahora, todas las propuestas de sus seis artículos publicados pueden resumirse en una sola: España es una país que presenta un atraso secular en múltiples campos, y este atraso es debido a la influencia perniciosa de la Iglesia Católica, al contrario que en los países donde triunfó la Reforma. Así de simple. Gente mucho más preparada que yo ha contestado -y refutado, a mi entender- sus ideas como es debido, pero me va a permitir, y puesto que en alguna ocasión ya recibió de mí los más encendidos elogios, hacer unas breves puntualizaciones a su última entrega.
Dice en ella que "El concepto de pecado venial es teológicamente muy discutido y discutible –no aparece, por ejemplo, en la Biblia– pero no es ése un terreno en el que vaya a adentrarme ahora." Esto es falso, como ya le han dicho, pues en 1 Jn 5, 16-17 podemos leer: "Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y Dios le dará vida (...) Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte." Aquí, como ve, encontramos la distinción entre pecados que son de muerte y pecados que no lo son, o, como dice la Iglesia, entre pecado mortal y pecado venial.
El hombre, como ser inmerso en la historia, presenta una dimensión social e histórica, y al mismo tiempo otra universal, que afecta al hombre como tal, sea cual sea el momento histórico. Lo mismo podría decirse de la moralidad, que es histórica puesto que el hombre es histórico, aunque no todo en ella está sujeto por la historicidad. El problema estaría en determinar a qué condición del hombre se refiere cada contenido de la moral. Para ello, y en palabras de Julián Marías, "una clave sería el concepto, tan desvaído en nuestro tiempo, del pecado venial -noción más inteligente de lo que se piensa-. Siempre he pensado que su tolerancia habría ahorrado muchos pecados mortales, y que significa la articulación entre lo permanente y cambiante dentro de la moral religiosa."
Menos desprecio, por tanto, don César, del pecado venial y más repaso de la Escritura y de la Historia, que parece mentira la cantidad de inexactitudes en una persona de su preparación, aunque todo es posible cuando sólo se mira con los anteojos del prejuicio.

Para más información:
Bruno Moreno Ramos (InfoCatolica):
(Falta la respuesta a la cuarta entrega, que no pudo escribir por problemas personales)
Pío Moa (Libertad Digital):

jueves, 17 de noviembre de 2011

Estrella fugaz


Me gustan estos días de noviembre porque parece que me voy a encontrar de nuevo contigo, porque, aunque entonces te hallé, desapareciste en la misma senda por donde viniste, en la del otoño más alto, en la de los oros cansados y fugaces que son la puerta del sueño. Ahí están de nuevo el camino y el tiempo de entonces, para volver a encontrarte coronada con el sol que agoniza y con el hada del instante, el que siempre me devuelve tu rostro en estas horas delgadas y solemnes que serán siempre tuyas.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Germán de Argumosa, cuarto aniversario


Era yo un niño cuando, en las páginas del diario "Pueblo", seguía con interés cada día las novedades de un fenómeno que había hecho su aparición por entonces y mantenía en vilo a media España: las caras de Bélmez de la Moraleda, en la provincia de Jaén. Sin embargo, poco tiempo duró el gozo de transitar por un territorio hasta entonces desconocido para mí, el del misterio, puesto que alguien decidió que aquello era un fraude y no se volvió a hablar más del tema. Así funcionaban algunas cosas en aquella época.
Años después me enteraría de que no sólo no era un engaño lo que allí sucedía, sino que el fenómeno de los rostros misteriosos continuaba produciéndose, y que hubo una persona, el profesor Germán de Argumosa, que investigó a fondo este asunto de las llamadas teleplastias. Desde ese momento, no dejaría de seguir las intervenciones del profesor en la radio o en la televisión, sobre todo en el primer medio, en unos programas que quedaban justificados con sólo su presencia.
Se cumplen hoy cuatro años de su fallecimiento y estas líneas son un pequeño homenaje a quien atrapó mi interés en tantas madrugadas, en programas como "Medianoche", del también inolvidable Antonio José Alés, el que dirigía Julio César Iglesias en RNE o, el último donde intervino de forma regular, "Turno de noche" y su Zona Cero, del prematuramente desaparecido Juan Antonio Cebrián, pocos días antes que el profesor. A punto estuvo de coincidir su marcha de este mundo con las celebraciones de los Santos y de los Difuntos de estos días. Quizá, ya en el más allá, sepa por fin no sólo lo que nos aguarda tras la muerte, uno de los temas que más le gustaba tratar, sino la solución a tantos enigmas que nos planteamos. O probablemente no, porque, como en alguna ocasión le oí decir, no quería enterarse de golpe de la respuesta a todas las preguntas, sino hacerlo de forma gradual, para seguir paladeando el estudio y el misterio.
Quizá tenga también oportunidad de seguir leyendo ese libro que se dejó a medias. Lector infatigable, manifestaba no tener demasiado apego a este mundo y que la única razón por la que preferiría permanecer más tiempo entre nosotros era por leer esos libros que aguardaban sobre su mesa; auténtica envidia me daba cuando presumía de los miles de libros que abarrotaban cada rincón de su casa y de haberlos leído casi todos. Sea como fuere, profesor, echo de menos sus intervenciones cargadas de rigor y de entusiasmo en unos temas propensos a infinidad de fabulaciones y charlatanes; no abundan entre nosotros gente con su seriedad y su buen hacer.